martes, diciembre 6, 2022

Nubes, desierto

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?” Así expresaba Jorge Luis Borges su estremecimiento al leer  los relatos que componían las “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury. Un autor imaginando a otro autor que en el porche de alguna granja remota sintió la tentación de narrar un futuro desolador y cósmico.

Una sensación similar pudimos experimentar al contemplar las cinco temporadas de la inolvidable serie “Breaking Bad”, creada y producida por Vince Gilligan. ¿Cómo es posible que alterara nuestro ánimo de forma tan severa una historia tan ajena como la de un paciente impaciente que entra en las redes del narcotráfico? Gilligan partía de una situación inhóspita y de una mirada piadosa para narrar la peripecia de Walter White, pero la gravedad –en sentido moral, en sentido científico- de la historia iba conduciendo a un drama turbio e irreversible. La desesperación del a priori mundano profesor White va alterando su propio yo convirtiéndose en un sujeto oscuro y altanero, un vengador moribundo al tiempo que renacido que mata y deja morir: “Say mi name!” La trama y el protagonista discurren a la par, en un rumbo que va de lo grotesco a lo audaz y de lo audaz a lo sórdido. Nubes, desierto.

El final rotundo de “Breaking Bad” impedía cualquier desarrollo posterior. Restaba el recurso subalterno de reparar en los personajes que la iluminan con mayor o menor complejidad pero siempre con una presencia imponente, y detenerse en hechos anteriores a los allí descritos. Tirando de ese hilo Gilligan nos devolvió a Albuquerque de la mano de Saul Goodman, el heterodoxo abogado que lució flequillo y corbatas estrafalarias en tantos episodios de la serie. Nacía así, “Better call Saul”, un regreso a los escenarios y al talento narrativo de la epopeya de Bryan Cranston alias Walter White alias Heisenberg. Vuelven personajes tan truculentos como la familia Salamanca, vuelven los planos y encuadres posibles, vuelven los juegos de cámara y de guión.

Sin embargo “Better call Saul” no se limita a ser una pócima para nostálgicos de “Breaking Bad”. La serie goza de vida propia, crea sus propios nudos y discurre con un ritmo mucho más pausado. La tragedia está presente pero de un modo más matizado, tal vez por la personalidad del personaje protagonista –espléndido Bob Odenkirk- mucho menos sombría que la encarnada por Bryan Cranston.

Jimmy McGill es un pícaro, un cimarrón, un plusmarquista que bracea en los atajos. Si “Breaking Bad” nos muestra la progresiva mutación del pacífico White en el despiadado Heisenberg, en “Better call Saul” recorreremos el tránsito del prometedor abogado  Jimmy Mc Gill hacia un Saul Goodman al servicio de los lóbregos intereses de la droga. El camino hacia su desdicha –el capítulo inicial de cada temporada nos muestra su insignificancia final- no es recto ni es despacioso. Aunque un acertado manejo de los tiempos nos recrea un Jimmy joven y adolescente con una nada voluble querencia hacia el engaño, en su debate interior florecen chispazos de ingenio, de bondad,  y de amor propio.

Sin embargo el auge y la caída de Jimmy se curvan en la intensa relación con Chuck, su hermano mayor y su aparente antítesis: sobrio, respetado, altivo. Aparente porque el discurrir de la narración nos muestra que al igual que Jimmy se trata de un individuo autodestructivo –algún día conoceremos las claves de su fóbica enfermedad- al que también seducen los resortes de la farsa: más alevosamente, más dolosamente.

Frente al juego de psicologías entre uno y otro, la trama nos aporta la aventura paralela y complementaria del “señor lobo” a sueldo de McGill/Goodman. Se trata de Mike Ehrmantraut, un fascinante personaje que como tantos otros del universo Gilligan mastica las semillas del bien y del mal. Mike es leal en el fin y vengativo en los medios, un malhechor de cine mudo que en sus ratos libres acaricia las mejillas de su nieta.

Aún en el alambique la tercera temporada, ya intuimos que volverá el malvado Gus Fringe –“un bel morir tutta una vita onora”-, que el tiempo y la imprudencia nos llevarán al arrimo de White y Pinkman, que algún error imperdonable alejará para siempre a una Kim a la que nunca vimos en los páramos de Breaking Bad. Y ya sabemos que Jimmy el resbaladizo decidirá –nubes, desierto- renacer en la piel de colores de Goodman: better call –him- Saul.

Fernando M. Vara de Rey

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