viernes, diciembre 2, 2022

Cuando un hombre ama a una mujer

Se levantaba muy temprano todos los días para ir al trabajo. Medio dormido, con el cansancio infinito del que madruga a diario reflejado en el rostro, bajaba las escaleras del metro y accedía al andén. El vigilante de seguridad le saludaba, como cada mañana, hartos de verse siempre a la misma hora y en el mismo sitio. Cuando entraba en el vagón intentaba encontrar un asiento, pero resultaba imposible. Así que apoyaba la espalda en la pared metálica, mientras que a su alrededor la gente dormitaba o intentaba no hacerlo escuchando música a través del celular.

Una, dos, tres estaciones y entonces todo cambiaba. Entraba ella. Con su rostro ahíto de vida, su cabello oscuro como el universo profundo y el cuerpo encintado en un pantalón vaquero ajustado. Llevaban meses coincidiendo en el mismo tren y contemplarla era lo mejor que le pasaba cada día.

Él trabajaba en unos grandes almacenes reponiendo mercancía. No era un gran trabajo, pero mejor que nada. Al menos daba lo suficiente para pagar el alquiler de una habitación, comer, salir algún fin de semana y mandar alguna remesa a su familia en Ecuador.

Ella tenía pinta de ser española o cuando menos europea ¿A qué se dedicaría? ¿Cuál sería su ocupación? Con ese rostro de angel seguro que trabajaba en una joyería o quizás en una tienda de cosméticos, de los caros eso sí.

Nunca habían cruzado una sola palabra entre traqueteo y traqueteo del metro. Al fin y al cabo una mujer como esa jamás se fijaría en un tipo como él. Sus amigos españoles del trabajo bromeaban con el tamaño de su cabeza y su corta estatura, pero siempre se portaban bien, incluso cuando le invadía la nostalgia por su Quito natal, sus padres, su familia. Entonces le invitaban a unas cervezas y le hacían contar como era aquello, como hablaban, que comían…

Pero un día de primavera, cuando se bajaba del vagón, ella se apartó y le sonrió. Fue suficiente para sentir un vacío en el estómago y un abismo en su cabeza. Al día siguiente, ella volvió a sonreírle y así cada mañana. A partir de entonces, fue un hombre feliz. Esperaba con ansia el momento de cruzarse con aquella mujer y contemplar como sus labios se contraían para esbozar la sonrisa más bella del mundo.

Por las noches, mientras intentaba conciliar el sueño en la desvencijada cama, escuchando las discusiones de los caseros-una pareja boliviana que siempre andaba a la gresca-, imaginaba como sería su voz, su piel, las delicias de sus manos acariciándole. Y cuando al final se sumía en los brazos de Morfeo soñaba en blanco y negro con que era un hombre alto y rubio, con ojos azules y cabellos dorados.

Pero una mañana, ella no apareció “Estará enferma”, se dijo. Pero a la mañana siguiente ocurrió lo mismo. Y a la otra. Y así durante meses.

Entonces comprendió que ya no volvería.

Comprendió que nunca vería de nuevo aquella sonrisa que tanto le gustaba. Comprendió que estaba solo. Solo en un país que no era el suyo, aunque fuese la madre patria. Y por las noches, cuando dormía, soñaba en color que era el mismo de siempre y que corría como un niño por unas calles irreconocibles.

Así que una mañana, hizo la exigua maleta y tomo un vuelo para Quito. Porque cuando un hombre ama a una mujer y no es correspondido, lo mejor es huir y volverse a encontrar con sus raíces para evitar la soledad amarga del amante despechado.

José Romero

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