sábado, diciembre 10, 2022

La cabra y el monte

La victoria de Adolfo Suárez en 1977 fulminó el tristemente célebre Ministerio de Información y Turismo. Desde entonces, la libertad de prensa ha representado un valor primordial en la democracia española, pese a sus lagunas y tropiezos.

Después de la oprobiosa etapa del «cuartel general» de la censura, hemos padecido asesinatos de ETA, manipulación en RTVE, intromisión política en los medios privados y hasta la destitución de directores por presiones gubernamentales. Sin embargo, tras la dictadura, los sucesivos gobiernos se cuidaron de firmar leyes de prensa o crear ministerios específicos, precisamente porque tales instrumentos eran vistos como peligrosos rezagos del pasado… hasta ahora.

Fiel a su visión del mundo, tan cercana a los autoritarismos de Hugo Chávez o Víctor Orbán, por mencionar dos ejemplos ideológicamente opuestos, Podemos ha incluido en su programa la erección de un Ministerio de Comunicación, en una macro-área que incluye a Cultura. Y lo hace porque, en su opinión, «nuestro sistema mediático ha conocido en los últimos tiempos una degeneración sin precedentes». No falta razón en el diagnóstico, pero la solución, ni de lejos, estriba en la recuperación de prácticas del antiguo régimen.

A Podemos dice preocuparle, como posiblemente a la mayoría de los españoles, la politización de los medios públicos. Sin embargo, cuando integraban la Fundación CEPS, sus actuales líderes no mostraron similar inquietud en las asesorías al régimen chavista. Todo lo contrario. Como demuestran documentos divulgados recientemente, el núcleo de Podemos recomendó en Caracas satanizar a la oposición desde los medios públicos. Y toda clase de prácticas vergonzosas por las que debería pedir perdón.

El programa electoral de Podemos también promete ampliar las frecuencias radioeléctricas al llamado «tercer sector». No habría nada en contra si las intenciones no fuesen idénticas a las de sus clientes bolivarianos. En Ecuador y Venezuela solo se concedieron emisoras a organizaciones no gubernamentales del mismo signo ideológico que el Gobierno. Desde el punto de vista comunicacional, la Santísima Trinidad del populismo latinoamericano se fundamenta en corporaciones públicas sectarias -peores que RTVE, TeleMadrid, Canal Sur o TV3-, radios comunitarias afines al régimen y medios privados bajo fuego permanente. En España, la actual gestión de las frecuencias raya en el desastre, pero los planes de Pablo Iglesias no suponen una mejoría del sistema.

El programa electoral de Podemos, en materia de comunicación, constituye más un peligro que una oportunidad

Así y todo, la mayor preocupación para periodistas y medios, en el hipotético caso de una victoria de Podemos, sería la aprobación de una ley de prensa. Travestida en «Estatuto de la información», la propuesta mezcla necesidades urgentes del sector -cláusula de conciencia o regulación de los consejos de redacción- con la vaguedad del «derecho a la información de la ciudadanía». Amparado en este último concepto, el organismo de control creado por Rafael Correa, en Ecuador, otro de los santos patrones del podemismo, ha obligado a periódicos y canales privados a cubrir actos gubernamentales e incluso ha intervenido en la tipografía de los titulares.

En materia de prensa y comunicación, el programa electoral de Podemos se mueve entre ingenuidades, perversidad calculada, incertidumbres y descripciones bastante cercanas a la realidad. Dados los antecedentes de sus líderes, constituye más un peligro que una oportunidad. Y si a esto sumamos que el próximo ministro de Defensa podría ser un militar, por primera vez desde 1981, cualquiera se reafirma en que los extremos se tocan y la cabra siempre tira al monte.

Michel D. Suárez

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