miércoles, noviembre 30, 2022

La cultura establecida

Otro año más la Feria del Libro de Madrid nos permite observar qué hay de nuevo en el mundo de la edición. Muchos libros, mucho esfuerzo editorial, muchas ventas triunfales, mucho trabajo. Y mucho libro que pasa sin pena ni gloria. O con pena pero sin gloria, a veces inmerecidamente.

La abundancia de títulos, traducciones, versiones, reediciones, que hay en España parecen desmentir la agonía de la edición. Uno va a las librerías y queda desbordado. Va a la Feria del Libro y le cuesta ver lo que hay en las casetas. No sabe nada, ni quiénes son los autores ni de qué tratan los libros. De todo hay, de autores desconocidos, de otros magníficos, de tantos clásicos retraducidos o reeditados, Bovary, Crimen y Castigo o El Quijote, que no por más clásicos son más leídos.

A veces la forma de presentarlos, apilados, apiñados, amontonados, no facilita, además de tanto público agolpado que no nos deja a veces ni acercarnos a la caseta. En una librería clásica se hojea mejor.

Y luego sucede que a uno le da la sensación de que ya tiene todos los libros que desea, que hay que apagar la luz y meditar en vez de leer, que hay que saborear lentamente un poema hermético como quien escucha una música desconocida y misteriosa.

Porque a pesar de tantos editores nuevos, los intelectuales y los críticos se siguen moviendo en sus surcos trazados, en microsurcos. Surcos trazados por los amos del canon, como algunos suplementos culturales que deciden lo que se debe o no leer. Las llaves del Reino de las Letras las tienen muy pocos. Como en casi para todo en España, para acceder al Parnaso se necesitan padrinos, un buen carnet d’adresses, contactos. El visado sólo lo otorgan unos cuantos cónsules. El desdén, casi todos.

Aranguren, ese pensador tan original y tan contracorriente, de cultura y análisis extraordinarios (y claro, en 1967 se tuvo que ir de España), publicó un libro de artículos en 1975 titulado La cultura española y la cultura establecida. Se refería a nuestro centralismo castellano y a nuestras anteojeras. Aranguren tenía, como se dice ahora, una visión 360º.

Muchos escritores se deben refugiar en la autoedición, que no se vende ni se conoce y van por ahí como almas en pena, incomprendidos y no reconocidos

Hoy la cultura establecida está en manos de los grandes grupos de edición. Y también tendríamos de distinguir entre la cultura editada y la verdadera, más amplia, cultura en general, incluso esa que nunca accede a las páginas de los críticos que administran el bien y el mal, que bendicen o simplemente desdeñan cuanto ignoran y lo que no viene recomendado por algún gerifalte de ese mundo.

En la Feria del Libro aparece la punta del iceberg de todos esos sueños frustrados, de la literatura que se queda en cajones, rechazada, ignota e inédita. Se me dirá que la historia está llena de rechazos y fracasos; hasta el inefable Cansinos Assens tituló un libro El divino fracaso. Pero hay una pequeña diferencia: en Francia y Estados Unidos, las editoras se suelen leer los originales y contestan, aunque sea la consabida carta (“su obra es interesante pero no encaja en nuestro programa editorial”). En España, salvo que se conozca a alguien, el manuscrito ni es leído ni se responde.

Algunos escriben lo que sea y tienen la garantía de ser publicados, jaleados y alabados, como Eco o Marías. Ya son consagrados. Pero muchos se deben refugiar en la autoedición, que no se vende ni se conoce y van por ahí como almas en pena, incomprendidos y no reconocidos.

A veces me pregunto si no será una secuela de la limpieza de sangre, cuya fórmula en las escribanías venía a ser así, según documento de mi familia que data de 1767 y certifica que eran reputados por gente mui honrada, sin que assi en los parientes, como en sus antezesores se aia probado mancha ni raza alguna de Moros, Judíos, Gitanos, ni Penitenziados por Delito alguno por el Sancto Tribunal, … Obtener reputación de escritor o poeta muy honrado es todavía más difícil.

En el mundo editorial hay que mostrar credenciales, no necesariamente del valor sino de a quién se conoce y de la limpieza.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

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