sábado, diciembre 3, 2022

Un hombre de acción

En alguna ocasión anterior uno ya se refirió a Pío Baroja como el arquetipo del escritor tranquilo, alejado de extremismos y de cualquier audacia que alterase la rutina de sus días pausados. Es cierto que muchas de sus novelas narran aventuras insólitas, que se desarrollan en lejanos parajes, en los que el protagonista se enfrenta con decisión a toda clase de peligros hasta ver cómo la fama le sonríe y al fin alcanza el éxito anhelado.

Sin embargo, también es verdad que el bueno de don Pío, no por decisión propia sino arrastrado por las aciagas circunstancias de aquella España del primer tercio del siglo XX, se vio envuelto en los excesos injustificables de la Guerra Civil. De la noche a la mañana tuvo que seguir, de alguna manera, los pasos de uno de sus personajes más rocambolescos, don Eugenio de Aviraneta, histórico conspirador cuyas intrigas a favor y en contra de la causa carlista y amores descabellados mejoraron considerablemente gracias a la imaginación de Baroja. Tanto es así que don Pío siempre defendió un parentesco algo dudoso con el propio Aviraneta.

Con una amargura extraordinaria, describirá en  “La guerra civil en la frontera” los acontecimientos que vivió aquel fatídico verano

El caso fue que el 18 de Julio de 1936 Baroja estaba veraneando en su casa de Vera de Bidasoa. Las primeras noticias que llegaron de Pamplona señalaban que la guarnición mandada por el general Mola se había sublevado contra el Gobierno. Al parecer, los militares en Navarra habían recibido el apoyo de los carlistas. Durante los dos días siguientes poco más se supo. Habían llegado de Irún unos comunistas que ocuparon el Ayuntamiento. Baroja comentaba con sus amistades los rumores que surgían a cada instante. Luego, una columna militar acompañada de requetés carlistas, ocupó el pueblo. Los comunistas del Ayuntamiento habían desaparecido como por ensalmo. La biblioteca del Ateneo, considerada un peligro público, fue vaciada. La inmensa hoguera formada con los libros, entre los que estaban los que Baroja había donado, estuvo ardiendo muchas horas.

Al apacible escritor se le detuvo tal vez por mera rutina, junto con el médico y otro amigo. Pasaron un par de días. La condena a muerte parecía inevitable. De repente, en medio de la noche un oficial pidió al médico y a Baroja que volvieran a sus casas. Al día siguiente, Baroja se dirige a Francia caminando. Le recogió un automóvil que pasaba. En la frontera la patrulla reconoce a Baroja. Le preguntan si no había sido detenido. Luego, con ademán cansado, el oficial le indica que puede seguir su camino. Nuestro escritor se instaló primero en Sare y luego en San Juan de Luz.

Mucho más tarde, con una amargura extraordinaria, describirá en un libro titulado “La guerra civil en la frontera” los acontecimientos que vivió aquel fatídico verano, como la destrucción de Irún, los combates aéreos sobre el Bidasoa, las miserias de muchos y las grandezas de unos pocos. La lectura de ese libro, al igual que la de los demás de sus largas memorias tituladas “Desde la última vuelta del camino” sería muy beneficiosa para muchos y sosegaría la crispación absurda que algunos intentan imponernos.

Ignacio Vázquez Moliní

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