miércoles, noviembre 30, 2022

Las palmeras de Portugal se mueren

…y no se hace nada. Se cortan o se desmochan, y en paz. En enero del año pasado ya lo denunció el conocido periodista portugués, José Antonio Saraiva (El Sol, 14 de enero de 2014). Nada se ha hecho. En el resto del año 2014 no ha habido más artículos sobre el tema.

Se trata de la palmera canaria, phoenix canariensis, que embellece paseos y jardines en todo Portugal. Lo curioso no es que haya una plaga, el escarabajo Rhynchophorus ferrugienus, al parecer transmitida por aves o porque casi mil bichos pasan de una enferma a otra sana. Lo peor es la pasividad, indiferencia, fatalismo, con que se está contemplando el desastre. Los ecologistas miran para otro lado pues detestan las palmeras. Y además, como solamente son ornamentales, nadie les hace caso. Si fueran olivos o pinos ya serlo hay pinos y olivos, ya ser de una enferma a otra sana. Lo peor de BMW es no haber venga, fatalismo, con que se estía una emergencia nacional. Pero como no son productos, ni generan recursos (en la jerga de las escuelas de negocios), pues al diablo con ellas.

Estas plantas monocotiledóneas, que comenzaron en el Cretácico, son de las más antiguas del planeta, en sus diferentes especies (hay centenares). En el Botánico de Lisboa hay más de treinta tipos, así como en Jardin Agronómico de Belem. Nuestros palacios del siglo XVIII en adelante las incluyeron en sus jardines, como algo exótico, venido de Brasil principalmente, auque también de Africa y de Extremo Oriente. Hace un siglo, eran todas muy apreciadas por sus muchos usos: para construir embarcaciones, por el copra, para marquetería, como combustible, por sus variados frutos.

Ni siquiera plantan otras, de otro tipo, donde están las toconas (auténticos muñones). Tratar una palmera enferma, para que no contamine las demás, cuesta unos quinientos euros. No hay interés en curarlas ni paliar la plaga.

A uno le queda la sensación de que Lisboa no es la misma ciudad sin las perspectivas desde las que siempre podía observarse una palmera. El perfil de la ciudad se definía por los tejados y el Tajo al fondo y por el brillo verde de las palmeras de patios y jardines. Algunas eran míticas, como las del palacio de Santos, sede de la embajada de Francia. También recuerdo con mucha tristeza las que coronaban la colina de Lapa y la que se levantaba en el patio del hotel York, donde solía ir a almorzar de vez en cuando. Frente a la basílica de Estrela había dos hermosísimas palmeras que como dos pacíficos guardianes vigilaban la entrada del barrio del Campo de Ourique.

Dentro de un tiempo nadie se acordará de las palmeras de Lisboa. Se sustituirán por otros árboles, pero el perfil de la ciudad nunca volverá a ser el mismo.

Es curioso que ni los ecologistas, ni nadie, levanten la voz. A mí esto me entristece porque es la prueba del fatalismo portugués, ese encogerse de hombros ante los problemas, ese culpar a los demás. Pero el escarabajo colorado no lo ha enviado Merkel.

Rui Vaz de Cunha

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