sábado, diciembre 3, 2022

La cabra de Mercedes Milá

Juan de Orduña hizo para gloria del franquismo '¡A mí la legión!' hace más de 60 años ya, pero a buen seguro que a más de uno se le pasó por la cabeza esa frase cuando vio a la cabra de 'Gran Hermano 15' y, sobre todo, a los compañeros de tan noble animal. Pero para que esas huestes que creó José Millán-Astray entraran en la casa de Guadalix y desmantelaran en un santiamén ese espectáculo.

Como dejaron claro sus familiares y amigos, en esta edición, una vez más, ha entrado «lo mejor de cada casa». Pocos tienen desperdicio, ninguno solución. Incluida la mismísima Mercedes Milá, que cada día parece más echada a perder. Que si camisas con luces incorporadas, que si zapatillas de diseño, que si su kimono de Andrés Sardá, que si sus posturitas de diva, que si sus comentarios que pretenden ser jocosos y se quedan en hirientes…

Pero ahí siguen. Quince entregas, quince, y todavía hay 2,5 millones de espectadores pendientes de todos ellos, algo más de una quinta parte de los que estaban viendo la televisión este jueves en esos momentos (22,4% de cuota). No es de extrañar que la presentadora, no se sabe si por gusto o con la aquiescencia de sus jefes, anunciara incluso antes de empezar que esta no iba a ser la última edición del concurso. 

Gitanos, musulmanes y payos, más una gallina y una cabra. Se mezcla, se agita (porque a buen seguro que no tardarán en «agitarse» entre sí) y da un cóctel explosivo que sirve hasta qué punto la condición humana puede degradarse. Tanto formando parte del experimento como contemplándolo desde fuera. 

Eso no quita que, viendo cómo está el panorama actual, y cómo estaba transcurriendo hasta ahora la vida de la mayor parte de los concursantes a éstos no haya que reprocharles nada por tener cuando menos una fuente de ingresos. Ese es el caso de las dos hermanas «maduritas» y de «talla Tania Llasera» que han padecido mil y una penalidades hasta ahora, o de ese torero que todavía no conoce nadie y que ve en Tele 5 un mejor apoderado que con el que ha entrado en la casa, o ese joven de Carabanchel sin ningún familiar cercano ya en este mundo y que en Guadalix acaba de descubrir a un hermano por parte de padre que sólo conocía por foto, o la chica del barrio ceutí de El Príncipe que parece puesta ahí para promocionar la serie de la cadena, o hasta ese gallego, el de la cabra, que dejó a la Milá sin palabras cuando le dijo que no sabía quién era la ministra Ana Pastor (poco personal con sus mismos 19 años a buen seguro que por el nombre sólo conocen a la presentadora de La Sexta). 

Más difícil es de entender qué pintan ahí el taxista sacado de una película de Almodóvar, o esos dos primos valencianos que parecen niños pequeños con su tabla de surf y sus canoas, o esa rubia que no se sabe realmente si ha estado tanto tiempo en Hawai o en un frenopático internada, o ese mexicano-barcelonés al que llaman «papirrín-tin-tin» que demuestra que el término «belleza» en México tiene un significado muy disntinto a lo que entendemos como tal en España, o esa preciosidad de Azahara que tiene unas amigas tan encantadoras como ella y con nombres tan sugerentes como el suyo (Jazmín, por ejemplo).

Ahora viene lo de siempre, descubrir sus turbios pasados, ver cuándo empiezan a discutir y a insultarse, comprobar si puede haber «salami» o no entre ellos, y asombrarnos cada semana con los modelitos con los que nos soprenderá la Milá. El «show» ha comenzado y ya nadie puede pararlo. Como mucho, si las audiencias van bien, alargarlo. Qué pena.

La mosca

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