domingo, enero 29, 2023
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Marcela de Juan

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A veces me pregunto si no será por influencia de Marcela de Juan por lo que uno, a pesar de su natural torpeza emborronando ideogramas, su incapacidad para pronunciar otras consonantes que las castellanas y, en definitiva, su más bien escaso cuando no inexistente contacto con Extremo Oriente, se interesa por la cultura china y persiste, con tesón digno tal vez de mejor causa, en estudiar los rudimentos de la hermosa lengua de los Han.

Y es que, en efecto, el mandarín es una muy hermosa lengua. Muy bien haríamos los europeos adentrándonos en sus breves y delicadas palabras, al margen de su más que probable valor utilitario, sin buscar otra cosa que el mero conocimiento, abandonando ese temor paralizante y algo irracional que hasta ahora nos ha impedido acercarnos al chino.

Lo lectores españoles gracias a Ma Cé Hwang, o Marcela de Juan, podemos acercarnos a la poesía china plasmada en hermosos versos castellanos que respetan el ritmo, mucho de la fonética e incluso algo de la visualidad de la lengua clásica del Celeste Imperio: No me preguntes cómo pasa el tiempo/ Ante mi ventana corre el agua del arroyo/ En la cabecera del lecho me acompañan mis libros.

Aquella China mítica fue la que Marcela conoció de primera mano

Marcela de Juan también tradujo muchos poemas contemporáneos, como los de Mao Zedong, y algunos relatos que nunca antes habían llegado a las lenguas occidentales. Algunos recordaremos además aquella entrañable película rodada en España que fue “55 días en Pekín”, en la que Marcela de Juan desempeñó un papel fundamental, no como actriz, sino como asesora para recrear fielmente el Beijing de la guerra de los boxers. Aquella China mítica fue la que Marcela conoció de primera mano. Su padre fue el mandarín Lü He Hwang, ministro imperial en el Madrid de la Primera Guerra Mundial. Su madre, Nadine Galliard, una hermosa belga no alejada del todo de ese mundo de espías y conspiraciones constantes, inspiró más de una leyenda.

Poco antes de la llegada de la Segunda República, Marcela de Juan regresó a Madrid donde ya se quedaría definitivamente. Colaboró con la Revista de Occidente, alternó con los hermanos Baroja, Ortega y Marañón. Fue íntima de Ricardo Baeza y de otros muchos intelectuales de aquella época. Además de traducir con extrema delicadeza y de publicar los tres voluminosos tomos de poesía china, ejerció durante muchos años de intérprete en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Regresó a Beijing a finales de los años setenta, cuando España inició relaciones diplomáticas con la República Popular China. Escribió también un excelente y entretenido libro de memorias que conviene recordar. Lleva un título que, aunque a los lectores actuales pueda parecer algo antiguo, evoca alguno de los muchos versos que ella traducía: “La China que viví y la China que entreví”. En esas páginas recuerda a Saint John Perse, al que trató mucho en su época de cónsul en Beijing, o al último emperador, el célebre Pu Yi.

Menciona también que su padre, cuando era recibido en audiencia imperial, recibía como especialísimo favor un cojín sobre el que arrodillarse para escuchar unas siempre enigmáticas palabras. Surgían tras una oscura celosía que difuminaba el rostro apagado de la emperatriz. Tal vez sea ese permanente enigma, medio oculto tras esa otra celosía que forman las hermosas palabras chinas, el que uno sigue pensando que desvelará algún día.

Ignacio Vázquez Moliní

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