lunes, diciembre 5, 2022

Fronteras a cañonazos

Lo que más llamaba mi atención cuando observaba el continente africano en el mapamundi eran esas líneas imaginarias que se trazaron para delimitar naciones.
 
Líneas rectas interminables que surcan por encima del color paja con el que se suele representar el Sáhara.
Los fragmentos parecen piezas de un puzzle (como la de Gambia) que son el resultado de un trazado hecho con una simple regla ¿Y por qué las dibujaron así? Cuando las potencias coloniales se repartieron el continente africano, en el caso de Gambia ordenaron a uno de sus buques navegar río Gambia arriba, desde el barco los artilleros se encargaban de lanzar cañonazos a ambos orillas del río. Hasta allí donde llegaran los proyectiles sería Inglaterra, y lo de más allá sería de Francia.
 
Decidimos cruzar la frontera por un pequeño paso en el extremo más oriental de Gambia. Un camino de tierra nos dirigió hasta el puesto fronterizo, con la bandera gambiana ondeando sobre una caseta de hormigón con la pintura desconchada.
 
Un par de policías, que se escondían bajo la sombra de un mango para protegerse del inclemente sol, nos dieron el alto.
 
Ahora ya no se hablaba francés.
 
“Be welcome in Gambia, the smiling coast of Africa”–  nos dijo el oficial de inmigración que estaba sentado en una silla que había al lado de una mesa vacía y que parecía no haber sido nunca utilizada.
 
Imágenes Integradas 1
 
Su compañero, el que tiene el sello, ha salido a comprar carne y mientras no regrese no pueden sellaros el pasaporte. – Si queréis podéis continuar, pero mejor si esperáis hasta que regrese- nos dice el oficial.
 
Mientras esperábamos nos sentamos a la sombra del mango compartiendo sombra con los campechanos policías que empezaron a hablamos de fútbol: el tema estrella en África.
 
Al cabo de una hora vimos a lo lejos la polvareda que levantaba una motocicleta que venía por los caminos de tierra y que venía hacia el control donde estábamos nosotros.
 
«Ya está aquí. Es el jefe»
 
Un hombre joven, se bajó de la moto llevando una gallina en su mano derecha, se dirigió a la caseta y abrió el candado de la caja fuerte donde estaba el sello que una vez estampado en nuestros pasaportes nos permitía entrar en Gambia.
 
Unos cuantos kilómetros más adelante nos encontramos con el primer control policial y en el que, por supuesto, nos pararon para identificarnos. Rodeado de varios espectadores el jefe del destacamento jugaba a las damas, y sin apenas mirarnos y sin levantar la vista del tablero nos indica que con el sello no vale y que en el siguiente pueblo tenemos que sacarnos el visado.
 
«¿Sois españoles? ¡Yo vivo en Mataró!»
 
Eran las palabras que nos dirigía el hombre que jugaba contra el jefe de policía.
 
«He venido para casar a mi hijo ¡Quedaos en mi casa esta noche!»
 
Con un más que correcto español se presentó Musa, un gambiano que emigró a España hace más de 20 años.
 
Aceptamos su oferta y juntos nos fuimos hacia su casa, junto a un enorme baobab. Poco a poco nos presentó a sus interminables familiares, que se acercaban para saludarnos.
 
«Este es mi hijo Lamin, al que acabamos de casar»
 
«Esta es mi mujer»
 
«Esta es la madre de Lamin, mi otra mujer»
 
En un grupo apartado, las chicas más jóvenes machacaban cacahuetes en un mortero mientras cargaban a sus espaldas sus bebes.
 
Esa noche montamos la tienda dentro del cercado de la vivienda, y disfrutamos de una agradable brisa y de un cielo espléndidamente limpio y estrellado.
 
En mitad de la noche las cabras se acercaron para ver quienes eran esos extraños durmiendo ahí fuera, más tarde los burros, y cuando nos quisimos dar cuenta, los gallos se acercaron para avisarnos que dentro de poco iba a amanecer.
 
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Javier de la Varga

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