martes, noviembre 29, 2022

La normalidad es solo aparente

Asistí, como hago cada año, a la recepción que el Rey ofrece en el Palacio de Oriente el día de la fiesta nacional. Un observador extranjero recién llegado hubiese pensado, sin tener más datos, que la normalidad era la tónica reinante entre tanto traje diplomático, tanto uniforme, tanto capelo cardenalicio, tanto terno oscuro disfrazando a portadores usuales de severas togas. Y no: comenzando por la clamorosa y preocupante ausencia del Rey, casi nada era lo mismo. Ni siquiera los rostros preocupados de algún padre de la Constitución, como Pérez Llorca; de algún prohombre de los tiempos de UCD, como Landelino Lavilla; de algún general acaso demasiado joven y excesivamente concernido, parecía, por lo que estuviese ocurriendo al mismo tiempo en Barcelona. Fue una fiesta un tanto angustiada, presidida por un Príncipe y una reina sobre los que recaía la sombra del Monarca doliente, por un Gobierno algo arrinconado, por unas instituciones que perfectamente saben que sí, que esa normalidad que todos se esforzaban, nos esforzábamos, en mostrar era solo aparente.

Debería haber sido la fiesta del Príncipe, la del comienzo de una abdicación progresiva

El día amaneció con alarmadas opiniones de algunos de los más señeros historiadores del país -no, ellos no estaban en la recepción real, o principesca- detectando la frustración de esta España de 2013 como nación. Puede que nunca se haya celebrado la fiesta nacional con el acompañamiento de tantas alarmas: Cataluña, la corrupción que afecta desde a la familia del Rey hasta a los partidos políticos, a los sindicatos, a tantas instituciones; las bravatas de algunos ministros -por allí andaba el titular de Hacienda, explicado a escuchas complacientes lo de su ‘subida’ de sueldos. A la vicepresidenta no la vi rectificando lo del fraude masivo en el desempleo-; las redadas sindicales de la juez Alaya; el circo perpetuo en el que se está convirtiendo el Parlamento… Está el panorama tan cargado de nubarrones que se explica mal que los asistentes, que eran más o menos el ‘establishment’, aunque sin los principales líderes bancarios y empresariales, aún pudiese tragar algún canapé, capítulo este en el que, por cierto, y permítaseme frivolizar, también actúan los recortes.

Te topabas con diplomáticos más o menos conocidos que inmediatamente trataban de sonsacarte -ellos, al fin y al cabo, viven de los informes que envían a sus cancillerías-: ¿habrá crisis de Gobierno? ¿Qué tal se llevan Rubalcaba y la allí presente nueva presidenta de la Junta andaluza, Susana Díaz? ¿Lo de Gibraltar es apenas una maniobra de distracción o la cosa va en serio? ¿Acabará finalmente reformándose la Constitución? Y uno, agobiado ante tantas solicitudes vanas, no podía sino remitir al diplomático en cuestión a las autoridades presentes: ¿por qué no se lo preguntaban al señor García Margallo, o al propio Rajoy, que por allí andaban, tratando de no pisar demasiados charcos de los corrillos periodísticos?

Debería haber sido la fiesta del Príncipe, la del comienzo de una abdicación progresiva. Pero no fue nada de eso: Don Felipe se limitó a soltar un breve discurso, «en nombre del Rey», y a preparar su nuevo salto a una ‘cumbre’ iberoamericana, la de Panamá, que en su mayor parte paga España, pero en la que el heredero de la Corona de España no va a poder estar representado a la altura que merece y conviene, porque no es jefe de Estado. Y lo peor es que todos saben que nada volverá a ser igual que el año anterior y que el anterior, porque, pese a la aparente normalidad, pese a que los rostros son sustancialmente los mismos, todo está cambiando: están pasando, tras las bambalinas, muchas cosas. La principal de ellas, el tiempo.

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Fernando Jáuregui

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