jueves, diciembre 1, 2022

La primavera turca

Las masivas manifestaciones antigubernamentales en Estambul y Esmirna, reprimidas salvajemente por la policía, difieren en sus objetivos de las habidas en las «primaveras árabes» de la región: en tanto que las de Egipto o Túnez perseguían, y aún persiguen, un nuevo y democrático sistema social, laico, moderno y garantista, la de Turquía defiende la supervivencia de lo que en el país queda de él tras las regresiones teocráticas y feudales impuestas por el «islamismo moderado» del gobierno de Erdogan. Turquía, al contrario que la mayoría de los países que alguna vez pertenecieron a su imperio, supo entender la pérdida de éste tras la I Guerra Mundial como un suceso positivo y renovador, tanto que, merced a la adhesión popular a quien lo encarnó, Mustafá Kemal Atatürk, permitió construir un país nuevo y más benigno para sus habitantes.

Esa construcción de la nueva Turquía, iniciada con la proclamación de una República que desmantelaba las instituciones y los feroces usos medievales de la Sublime Puerta, embarcó al país en un futuro insólito al erigirse sobre las bases del laicismo, la cultura, la modernización y la emancipación femenina. Se sustituyó la Sharía, la ley islámica, por un Código Civil inspirado en el de Suiza, se prohibió el velo que velaba la propia existencia de la mujer (se le reconoció el voto en 1934), se clausuraron las escuelas coránicas y se abrieron muchas otras para la enseñanza de los saberes universales y de la nueva grafía de la lengua turca que facilitaba y extendía su comprensión y su uso. La representación de la figura humana, prohibida secularmente, emergió de súbito en todo su esplendor en las miles de escuelas, academias y facultades de Bellas Artes que sarpulleron el país.

Si bien es cierto que aquél suceso alumbrador se desarrolló entre sombras (una democracia plena siempre anunciada y nunca sobrevenida, la represión a los kurdos…), no lo es menos que la revolución kemalista perduró porque, al contrario que las revoluciones marxistas y fascistas de la época y simplificando mucho, benefició moral y materialmente a las personas y ha contado, en general, con su apoyo. La amenaza del «islamismo», alentada por una Europa que ha cerrado una y otra vez sus puertas a Turquía, no se concreta, pues, en una mera amenaza política, removible en las urnas, sino en una gravísima regresión histórica. Los turcos, en pocas palabras, no quieren volver a la invisibilidad, pictórica y política, de las personas.

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Rafael Torres

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