lunes, febrero 6, 2023

No es un partido de fútbol

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Los medios de comunicación y, sobre todo, los periodistas especializados en temas políticos, analizamos los debates sobre el estado de la nación como sí se tratara de debates electorales. Así, tenemos una tendencia a considerarlos como una confrontación entre el presidente del Gobierno y el líder del primer partido de la oposición en el que uno gana y el otro pierde. De hecho, al día siguiente, las portadas de los periódicos valoran el debate en función de ese supuesto resultado. ¿Quién ha ganado, quién ha perdido? Y desdichadamente, a tenor de la mayor o menor cercanía ideológica del medio al líder en cuestión, se tiende a abultar el resultado, ya no sólo como si se tratara de un debate electoral, sino como si hubiera sido un partido de fútbol o un match de boxeo. Y no es así o, al menos, no debería serlo.

Es un juicio en el que sólo el pueblo tiene la capacidad y el derecho de valorar

El debate sobre el estado de la nación no puede juzgarse en función de esa supuesta lid, sino en función de la exactitud con que se describa la situación nacional y, consecuentemente, se considere acertada o desacertada la actuación del Gobierno en la solución de los problemas y aprovechamiento de las oportunidades. O sea, es un juicio en el que el pueblo y sólo el pueblo tiene la capacidad y el derecho de valorar.

Que el señor Rajoy estuviera más brillante o mas torpe que el señor Rubalcaba es, en definitiva, lo menos importante. Resulta sustancial para sus próximos, para sus parroquias, para las gentes de sus partidos que necesitan confiar en su líder para así poder recuperar esperanzas o librarse de miedos. Pero la brillantez o la torpeza puntuales nada tienen que ver con el hecho incuestionable de si la nación marcha bien o, en caso contrario, cuáles deberían ser las recetas a aplicar. Porque la nación es la gente por encima de todo.

En el pasado debate, si juzgamos la brillantez y la arquitectura de las intervenciones, parece evidente que Rajoy logró algo con lo que muy pocos contaban: construir un discurso con el que contentar a los suyos. Salió de su supuesta muerte con una aparente buena salud.

Rubalcaba, por el contrario, defraudó las expectativas porque fue incapaz de demoler esa especie de muralla numantina tras la que el presidente del Gobierno supo guarecerse. Su mil veces probada impermeabilidad le protegió de la lluvia fina y de los chaparrones. No sólo de los provocados por el líder socialista sino, uno tras otro, por todos los portavoces de todos los partidos.

La nación es la gente por encima de todo

El mismo, en respuesta al líder del PNV, dejó una clara muestra de su estrategia de silencio y escamoteo al reconocer que no había mencionado ni mencionaría al personaje que sobrevoló el hemiciclo durante todas las sesiones: Luis Bárcenas Gutiérrez.

La alegría de sus diputados, su explosión de euforia, fue la mejor expresión del éxito de una estrategia destinada fundamentalmente a eso, a contentarlos; a aliviarles el miedo, de momento.

De momento, porque los auténticos receptores del discurso no eran, no debían ser los diputados sino aquellos a quienes representan -la gente, el pueblo- y estos no parecen haber quedado, ni muchísimo menos, satisfechos. Ah, parece que Bruselas, tampoco.

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Victoria Lafora

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