viernes, diciembre 2, 2022

Contra todo esto

Siento un gran alivio político porque las carcasas nacionalistas, la catalana de Mas, el insurrecto, o la criminal de Bolinaga, por ejemplo, están bien estructuradas y eso me transmite seguridad y confianza en que en este lodazal de la crisis, hay alguien que piensa, de corazón, en los trabajadores.

Es verdad que este es un término en desuso. Muchos ya no trabajan, son parados. Otros soñaron, y creyeron, ser clase media. Por eso se duelen de su propia realidad empobrecida y se sienten desprotegidos en una infinita nada en la que no saben a quién atribuir la última esperanza de una ayuda que no parece que vaya a llegar. Pero el nacionalismo, los nacionalismos, el gran debate autonómico, referendo en curso, está con ellos.

En este naufragio, resurge la clase obrera para despedirse de nuevo. No son quienes la forman, parte de la agenda política ni de la actualidad. Están fuera: sólo sirven para pagar esta derrota monumental del espejismo del progreso, salvo para el nacionalismo, los partidarios del debate sobre las competencias, y los que se oponen por asuntos relativos a otras competencias, entregados a ellos mediante, por ejemplo, la lucha por el pacto fiscal.

Nos queda, claro que sí, el alivio nacionalista o de los nacionalismos plurinacionales o del patriotismo monolítico, yo que sé. Y eso devuelve la fe. Saber cuando pierdes derechos sociales y las conquistas laborales se pudren en los charcos que el debate sobre el encaje autonómico está en pleno vigor, es un soplo de esperanza para la dolorida clase sometida.

Y eso se debe al nacionalismo catalán, el más audaz, el del amigo Mas, o a las ansias de Urkullu, el amigo de los chicos de la gasolina, que decía el siniestro Arzalluz, los colegas parlamentarios de los que mandan. Aquí está; esto es: El radicalismo nacionalista y soberano de este tipo, el de la soberanía de la burguesía con pasta, que envuelto en una bandera de oportunismo sentimental ha decidido rescatar lo importante y suprimir lo accesorio: hospitales cerrados, copago, recortes y toda la panoplia antisocial, para llevarnos, por fin, a hablar de soberanía en las colas del INEM.

Maldita clase obrera que se empeña en sobrevivir en vez de debatir el modelo federal del estado. No entienden, con tanto golpe, su papel secundario en la historia. No entienden que el autogobierno y los hechos diferenciales son trascendentes y que los derechos de los trabajadores fueron una concesión de menos valor que cualquier autopista en pérdidas.

Desde el crimen de Jaurés, el internacionalismo es una quimera. Los líderes del nacionalismo han encontrado, por fin, el acomodo en un debate serio de verdad. Ya se pueden sentar todos en una misma mesa y arrojarse las banderas con entusiasmo. Seguro que habrá una izquierda que se sume, porque seguro que tienen ideas que aportar a tan apasionante debate de inequívoca oportunidad en este momento.

Aquella izquierda, aquella otra, cuyo único patriotismo se tejía con el hilo denso y firme del progreso social para todos: en Murcia, Mieres, Huelva, Ferrol o Sagunto, estará, quien sabe, quizá, en condiciones de aportar valor a los que enuncian las nuevas consignas y se dejarán caer en las trampas del debate. Lástima.

Siento alivio emocional pues me libero de las cargas: el sentido de estado, que fácil.

Sé que molesta y que me dirán de todo, pero me da igual: mi patria es mi gente; la gente que sufre y lucha. Mi patria, la mía, sí, es la patria de Pablo Iglesias, la que crece en el corazón de los que se rebelan en este entero país que es el nuestro. Los demás que discutan sobre la organización administrativa del Estado y sus encajes plurinacionales, mientras el pueblo, el mismo pueblo en toda España, padece el dolor de la pobreza.

Me quedo con mis ideas, que eso siempre es bueno.

Rafael García Rico

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