domingo, diciembre 4, 2022

Voyerismo en la oficina

Era viernes. Llevábamos una semana y media augurando el cierre de la empresa. El rumor corría entre los pasillos, subía por las escaleras, bajaba en el ascensor y se colaba en los aseos donde permanecía horas en boca de los trabajadores. Entonces no había porteras sino transmisores de conocimiento. El miedo, la incertidumbre y las diferentes versiones cargaban una bomba de vapor en la cabeza imposible de descomprimir durante la noche. En la mente de todos los trabajadores se agolpaba lo mismo cuando cerraban los ojos. Gráficos con estrepitosas líneas rojas que caían en picado sin la mínima tranquilidad de la horizontalidad. Unos bajaban las persianas de las oficinas en sus adormiladas mentes, otros cerraban cajones, apagaban ordenadores. La salida se perfilaba nítida en la mente de cada uno de los empleados.

Llegó el viernes y otro nuevo rumor sonaba esperando el ascensor. “El chico de mecanografía de la planta baja dice que le han cortado el correo”. No podía ser. La gente se impacientaba en el ascensor para llegar a su puesto, encender su ordenador y ver si mantenía el correo electrónico operativo. La sexta planta. Salí del ascensor intentando no aparentar impaciencia, pero al entrar en la oficina las caras de los cuatro primeros compañeros que habían llegado me alertaron. Me miraron en un gesto de pésame y desesperación compartida. Lo quise obviar, encendí el ordenador. Escribí la dirección. Metí la contraseña. Era viernes, era el día.

Comenzamos a llamar al resto de empleados para pedirles que comprobaran sus correos electrónicos. Algunos aún estaban en casa. Les habían quitado la cuenta. Los que iban en el coche y en el metro se dieron media vuelta hacia sus hogares al comprobarlo. El día se volvió gris. Daba igual el sol que entraba por las ventanas. Molestaba. Había que tragar la noticia. Bajamos las persianas hasta quedarnos en la penumbra, cerramos la puerta de la oficina para no escuchar los llantos que llegaban desde las otras plantas, pusimos las sillas en el centro de la habitación y nos sentamos en círculo. Abatidos. La impotencia se agarraba a la garganta. Luis se acercó hacia a mí y se sentó a lado. Puso su mano sobre mi hombro con la ternura suficiente para empezar a llorar. Me abrazó fuerte contra su pecho y empezó a susurrarme que me tranquilizara. Pero me resquebrajé en un mar de lágrimas. Ante la inutilidad de sus palabras empezó a darme pequeños besos en la oreja. Me sorprendió tanto que mi llanto paró de inmediato. Empezó a darme pequeños mordiscos en ella. Me quedé paralizada. No entendía esa reacción. El resto de compañeros miraban callados la escena y tan atónitos como yo. Metió su mano entre los huecos que dejaban los botones de mi blusa y comenzó a masajear con fuerza mi pecho izquierdo. Estaba tan pegada a él que mi estómago empezó a notar la crecida de su sexo. Pero seguía siendo incapaz de reaccionar. Ante mi mutismo abrió la camisa con una brutalidad que hizo saltar los botones. Nadie se movía en la oficina. Y del mismo modo rompió mi sujetador.

Me quedé desnuda ante mis cuatro compañeros. Luis me tumbó lentamente sobre la moqueta. Me quitó un zapato, el otro. Una media. La otra. Alargó la mano hasta llegar a una de las mesas. Tanteó el lapicero. Cogió las tijeras. Cortó mi falda desde abajo arriba. La abrió. La dejó al lado. Cortó mis braguitas. Y yo aún no podía creerme que estaba desnuda ante mis cuatro compañeros y tres de ellos mirando sin hacer nada. Me abrió las piernas y me agarró fuerte de ellas para terminar de tumbarme. Exploró mi sexo en silencio. Retiró con suavidad el pelo castaño que lo cubría dejando los labios al descubierto. Las entrepiernas de mis compañeros empezaban a abultarse, pero parecía que no lo notaban. Estaban demasiado ensimismados mirando mis pálidos pechos, mi colorado sexo, mi vientre, mis muslos. Luis deslizó su boca hacia la mía mientras se desabrochaba los pantalones para sacar su sexo. No me dio un beso, sorbió mi saliva. Volvió a su posición anterior. A observar mi sexo. Volvió a retirar el vello, acercó la cara y empezó a olerlo. Empezó a acariciarlo con su nariz para captar los olores. Me cosquilleaba. No lo besaba. No lo tocaba. Solo lo olía. Con su lengua mojó mi parte de atrás. Se despegó de mi sexo. Separó mis nalgas de la moqueta y las puso sobre sus rodillas dobladas. Me penetró por detrás. Mis tres compañeros habían empezado a masajearse su miembro sobre la ropa. Cada uno de la manera más disimulada que podía sin sacar la vista de la escena. Les pedí que disfrutaran. Sin ni siquiera mirarme a los ojos, en un gesto imitado, los tres se bajaron las cremalleras sin levantarse del asiento, sacaron su miembro inflamado y asfixiado por la presión de su ropa interior y comenzaron a masturbarse en silencio, pero con ansiedad. Mirando la escena. Indistintamente de si estaban casados, a punto de hacerlo o su chica estuviera recibiendo la misma mala noticia dos plantas más abajo. Luis ni si quiera veía quién había más allá de su miembro. Lo sacaba y metía sin importarle si me podía hacer o no daño. Nunca antes me habían introducido nada por detrás. La sensación era extraña pero no podía pararla. Mi boca había enmudecido desde el primer contacto de su saliva en mi oreja. Y allí seguía, callada mientras me penetraban por detrás viendo a mis compañeros masturbarse con mi desnudo. Ni si quiera sabía si me gustaba. Aunque tampoco tuve mucho tiempo para pensarlo. Una lluvia blanca empezó a gotear sobre mi pelo. Manchó mi cara, mi cuello, mi ombligo. Los tres espectadores habían explotado a la vez sin ningún intento de contención de su esperma. Querían mancharme. Querían esturrear su interior hasta cubrirme en él. Cogí aire, abrí la boca, y a punto de expulsar un alarido exigiendo parar la escabrosa escena se abrió la puerta de la oficina. Matilde, la secretaria de dirección encendió la luz gritando: “¡Los correos ya funcionan! ¡El servidor se había caído por un fallo en la red!”.

Y cuando terminó la frase se percató de la escena. Yo desnuda sobre la moqueta, cubierta de esperma por todo el cuerpo. Penetrada por detrás con tres observadores. Sin decir nada volvió a apagar la luz, hizo mutis por la oficina y cerró la puerta.

Lunes. Sexta planta. Salgo del ascensor. Entro a la oficina. La cruzo con la vista pegada a la moqueta intentando pasar por invisible. Bajo el brazo, mi carta de dimisión.

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El Rincón Oscuro

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