lunes, diciembre 5, 2022

Lorca, poeta muerto de muerte natural

Lorca murió de muerte natural. Al fin y al cabo, el crimen era la forma más natural de morir en una España que comenzaba con esplendor la tragedia de su guerra.

Así que el poeta -de cuya muerte se cumplen setenta y seis años- contribuyó con su sangre al horror de la contienda. Seguramente su muerte fue uno de los hechos más llamativos: Lorca ya era un poeta universal y todo lo que la rodeó contenía un misterio de tinieblas que le ha dado una dimensión histórica.

No creo que el crimen de Viznar fuera exclusivamente un acto de guerra contra un civil inocente, que lo fue; creo más bien que formó parte del clima de odio aberrante que antecedió a la sublevación, que germinó con ella y que se extendió durante décadas ominosas en todo el país.

El asesinato ha sido investigado con todo rigor por muchos, entre otros por el hispanista irlandés, Ian Gibson, y entre todas las lecturas que se hacen de él la que resulta más plausible es la de la venganza local, la inquina vecinal, el desprecio social y toda la suerte de prejuicios de la época y, claro está, por el envalentonamiento de las escuadras fascistas, los tontos útiles del paseo y el tiro de gracia.

Durante años se culpó a Luis Rosales. Una acusación injusta. Y durante años se ha especulado sobre la razón de su regreso a Granada -donde corría más peligro- tras el 18 de julio. Poco a poco se aclaran las cosas: Lorca pensaba marcharse y buscó refugio inicial junto a su familia y amigos.

En fin, nada de ello priva de una conclusión evidente: Lorca era incompatible con el régimen que se fabricaba con cada movimiento militar, y era, además de prescindible, incómodo y molesto por la libertad intelectual que inspiraba su obra, su pensamiento y sus actos.

El dedo del gatillo me resulta irrelevante porque el dedo en la llaga hay que ubicarlo pensando en el miedo que producía. Y este miedo era el que se  tenía a la voluntad independiente del poeta, a su espíritu libertario y, sobre todo,a la inteligencia que tenía, natural en él y tan antinatural en aquel polvorín que era el solar patrio.

En esta España de hoy, de contables, políticos mediocres, arribistas sociales e ingenieros del engaño; en esta España en la que se ha inoculado el mal de la resignación y el virus de la mezquindad; en la que nos dan lecciones de política, a izquierdas y derechas, los cerebros más aplanados de nuestra historia, el crimen es la indigencia intelectual y la ignorancia cultural.

Lorca murió, decía, de muerte natural: el crimen tan natural de aquellos días aciagos, en las puertas del infierno; hoy,  moriría de aburrimiento, de vergüenza ajena al escuchar hablar a los que pretenden saber; de asombro al ver hasta que punto se trivializa y banaliza el pensamiento y hasta qué punto se ha quedado hundida la España que él quiso mejorar con La Barraca.

Quizá, si viviera ahora, se vería obligado a estimular aquella vieja idea de llevar al pueblo los clásicos del Siglo de Oro, pero esta vez para representarlos en los despachos oficiales, en las sedes de los partidos, allí donde el aire es cada vez más irrespirable y las ideas no es que naufraguen, es que se ahogaron hace ya demasiado tiempo.

Si Lorca viviera, bendito poeta, ahora se iría directo al jardín del Edén -nos dejaría por imposibles, pero antes pasaría y pasearía por Granada, su Granada.

Qué gran poeta, Federico, qué gran poeta. Ojalá todos esos que andan por ahí explicándonos las cosas o contándonos sus ideas huecas, aprendieran a entenderlo. Entonces veríamos la luna y no nos quedaríamos atrapados en sus cráteres.

El jardín del Edén

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