jueves, diciembre 1, 2022

Aquellos dedos en su interior

Llegó la tarde y con ella las terrazas y las cervezas. La afluencia del sitio no era el lugar más cómodo para ninguno de los dos. Tímidos, salteaban las conversaciones más deseadas para otros momentos y otros lugares. El trabajo era el tema recurrente para alargar la conversación, y con ella, el tiempo, que dio lugar a una segunda cerveza. El frío de la bebida calentaba poco a poco la cabeza y el cuerpo. Todo empezaba a parecer más sencillo que la hora anterior. Las posturas se relajaban y los labios se atrevían a sonreír. Era el momento de pasar al segundo lugar. Entre mozzarella y vino los ojos empezaban a brillar, tenían la mitad de la yincana hecha y la segunda parte empezaba a ser más fácil. Ninguno se tocaba a pesar de que alrededor no había más que desconocidos. Los torpes cambios de postura en la silla hacían que de vez en cuando sus piernas chocaran por debajo de la mesa. Y aunque ambos simulaban no haber sentido nada, sólo ese pequeño roce ya llevaba a sus cabezas a imaginar más allá de la trivializada conversación. Ella pudo sentir el tacto de su pantalón en los gemelos de sus piernas desnudas. A él le saltó el corazón al percibir el calor de su piel. Y en la conversación; viajes, experiencias pasadas y la duda sobre si el vino estaba bueno o ácido. La cena terminó con la misma alegría que llegaba la tercera prueba. Estaba todo tan marcado como en un horario de colegio. Pero por una vez ellos deseaban que fuera así. Por una vez sólo querían ser una pareja normal, en una noche normal que era anormal por una rutina que ellos nunca se podían permitir. Y se inventaron una vida que arrastraron de la mano hasta el bar.

La ginebra trepaba en sus vasos a medida que se deshacía el hielo. La cabeza empezaba  a acoger una sensación pesada que aligeraba la velocidad de sus gestos. Y una excusa para ver el detalle de los puños de la camisa era una excusa para agarrarle la mano. Una excusa para ver el color de los botones de la camisa, era una excusa para oler su pecho. Y todo eran excusas para excusar lo inexcusable. Ese beso. Que llegó pasadas las doce. Entre el ensordecedor murmullo que provoca el ruido. Él dijo que sólo quería oler su nuevo perfume, ella alargó el cuello. Él acercó su cara rozando sin querer su piel con la nariz. A ella se le erizó el vello, la piel, los pechos. Notar sus pezones sobresalientes bajo su vestido le provocó una erección que mandaba sobre sus labios. Él no quería, demasiada gente alrededor, pero su cuerpo le ordenaba empezar a besar ese cuello. Y desposeído de toda razón con la única voluntad de amar, de dar placer y darse gozo abrió la boca, asomó la punta de la lengua y empezó a chupar su piel con la misma fricción que su sexo rozaba contra sus pantalones.

Los clientes miraban, las camareras pasaban, y ellos seguían recluidos en su esquina pidiendo perdón en silencio mientras rogaban que nadie les juzgara por esa escena. Sólo sería esa noche. Sólo tenían esa noche. Y ella, a mano, las llaves de su casa. Salieron tranquilos del bar. Como si lo que hubiera pasado sólo hubiera sido un error que iba morir olvidado en aquel rincón. Él la acompañó hasta la entrada de la casa. Ella abrió la puerta. Y los dos se quedaron estáticos unos segundos en los que sus cabezas daban vueltas a la velocidad que pasaba la noche. “Entra”. Y él cruzó la puerta, pero ese “entra” significaba a otro sitio. Ver sus cojines, sus sábanas coloreadas, el candor de la luz del dormitorio y sus libros repartidos por todos los rincones de la casa sólo aumentó más su erección. Se estaba metiendo en un lugar prohibido, tan virginal como el rubor que a ella le había aparecido en la cara. Y él estaba allí para ensuciar de sexo cada rincón de esa delicada estancia. La escena le resultó tan abrupta como incontrolable. Y antes de que a ella le diera tiempo a sacarse el vestido, tres dedos de su mano ya habían entrado sin permiso en su vagina con la misma fuerza que su pene quería salir de sus pantalones. Y con el vestido subido empezó a gemir desesperada. La tenía ahí y era sólo para él. Sus dientes consiguieron asomar un pecho sobre la ropa, lo mordía, lo besaba, lo chupaba. Y su mano seguía controlando la humedad que a ella se le escapaba de entre las piernas. Mantenía sus dedos introducidos con fuerza, moviendo las puntas en el interior de su cuerpo. Una presión que cosquilleaba lo más profundo de su sexo impidiéndola mentir como otras tantas veces. “Te quiero”, “te quiero”, “te quiero”. Las palabras salían en entrecortados susurros llegando a su oído, bajando a su erecto pene e impulsando sus dedos con aún más fuerza. Y se le colorearon los labios. El orgasmo llegó con el mismo silencio que habían dejado sus “te quiero”. Y él notó en sus dedos el contraer de su vagina, mientras su cabeza, apoyada en su pecho desnudo que minutos antes había mordido, se relajó para escuchar los latidos de su corazón, los espasmos de su cuerpo. Y sin controlarlo fue su cuerpo el que se empezó a derramar también en espasmos. Más fuertes. Que se hicieron jadeantes cuando ella le abrazó con fuerza. Y llegó la calma. Él cerró los ojos y deseó que el mundo se parara con los dedos aún metidos en su cuerpo y la cabeza apoyada en el pecho más suave que conocía.

Sucedió en Madrid. Dice que le ocurrió en 1992. Dice que nunca se volvieron a ver. Pero aquella noche en la que me lo contó, huí hacia casa necesitada de sentir también esos dedos en mi interior aunque en esta ocasión fueran los míos.

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El Rincón Oscuro

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