miércoles, diciembre 7, 2022

El mundo a la deriva

Desde el tsunami del 11 de marzo de 2011, un barco pesquero japonés viaja a la deriva por los océanos. Ahora, ha sido avistado frente a las costas canadienses. Se encuentra en buen estado y no pierde combustible, así que su casco no está dañado. Parece que no hay nadie a bordo. Al menos, no se ve a nadie vivo. Una patrulla aérea militar fue la primera en divisarlo y desde entonces es seguido por marinos del centro de rescate que confirman su falta de dirección y la ausencia de alguien en el puente de mando que lo gobierne.

Sin duda el mundo nos parece un lugar enorme y en ocasiones se convierte en un pequeño recipiente por donde podemos vagar sin que nadie nos moleste. Es cierto que para eso hay que ser un buque a la deriva y que si eres un trabajador, un represaliado o una persona que simplemente quiere llegar a todos los rincones del planeta, las autoridades de los países que te encuentres, tan lindamente pintados en los mapas, se encargan de limitar nuestros movimientos. Pero también es verdad que por más que se insista, es imposible poner límites al movimiento del mar, cerrar el paso de los vientos o acotar el flujo natural de las corrientes que dan sentido al color azul de nuestro planeta en la galaxia que nos acoge.

Este barco es una metáfora de nuestra incapacidad para entender el bien preciado que es nuestro planeta y de la absurda pretensión humana de crear muros y fronteras que impiden el paso de un lugar a otro, el libre albedrío de los habitantes de este mundo, que son muchos más que los seis mil millones de personas que lo habitan, y que vienen y van a su antojo tal y como lo hace, por ejemplo, la gripe aviar, la gripe A, y otros tantos virus que se desenvuelven de aquí para allá despreciando los controles que nuestra civilización trata de imponer. También vuelan de acá para allá las palomas, los buitres y otras aves capaces de tal desplazamiento y surcan las profundidades de los mares ballenas, atunes o tiburones sin preguntar en que huso horario están en cada momento.

La absurda cerrazón que nos reduce es traspasada como una lanza por un barco pesquero, viejo, herrumbroso, inerte, dejándose mecer por las olas del mar e impulsándose por los vientos que vienen recogidos en la famosa Rosa, o por las corrientes de las profundidades marinas que con su movimiento explican, también, el comportamiento del clima. El barco se mueve sin necesidad de mando o buen gobierno, no lo impulsa la transparencia, ni el compromiso. En realidad el barco simplemente va aunque, en ocasiones, simplemente vuelva. Porque ni va ni viene, ni se está quieto: hace lo que le da la gana a la fuerza natural de nuestro planeta que juega con él como si se tratara de un entretenimiento con el que pasar el rato mientras los humanos nos matamos, construimos centrales nucleares que nos intoxican, saqueamos los mares, contaminamos los cielos, y que poco a poco destruimos sin más razón que la estupidez que impulsa nuestros actos y amarga nuestras esperanzas.

El barco a la deriva es una metáfora de nuestro viaje por el mundo, más a la deriva aún, y de nuestra absurda pretensión por poner puertas al campo o cancelas al mar. Es una metáfora del fracaso de la política, la diplomacia, el derecho internacional, la ONU y el flujo migratorio que condenamos como si cerrando un grifo pudiera contenerse un diluvio universal.

¿Será este pequeño barco un arca que nos espera? Quizá esa sea la otra metáfora que este pesquero japonés, superviviente del maremoto, representa con claridad: otra advertencia más sobre nuestro propio fin. El mundo a la deriva. Agobia ¿Eh?

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Rafael García Rico

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