sábado, diciembre 10, 2022

Herniados

El Gobierno pide esfuerzos repetidos y cada vez mayores a todos los españoles. La mayoría entiende la necesidad de hacerlos y se aplica con resignación en la práctica agobiante de este tipo de gimnasia. Y así será hasta que aguanten nuestros músculos, cada vez más débiles y enclenques. Hasta que nos herniemos.

La hernia era un mal endémico en tiempos pasados. Recuerdo perfectamente las tiendecitas de ortopedia instaladas siempre en las primeras plantas de los decrépitos caserones del casco viejo madrileño. Pareciera que se quería añadir a los males propios de lisiados y lesionados el esfuerzo doloroso de trepar por aquellos escalones hasta presentarse en el mostrador de prótesis. Del balcón colgaba un cartelón rotulado con un reclamo terrible: bragueros para herniados. Este problema fue desapareciendo en la medida que la fuerza bruta de animales y hombres era sustituida por el trabajo de la moderna maquinaria. La asistencia sanitaria y los avances de la cirugía hicieron el resto, librándonos de aquellos bultos cárdenos y amenazadores oprimidos tantas veces por vendajes mortificadores.

Que ahora se nos salga una tripa de su sitio nada tiene que ver con un exceso físico, se debería más bien a las complicaciones que nos plantea tanto esfuerzo. Debemos financiar doblemente la sanidad pública, con los impuestos que ya pagamos y el añadido del copago consumado ya en Cataluña y por venir en otras comunidades autónomas. Otro esfuercito más: tendremos que ayudar a las compañías eléctricas, pobres ellas que no cobran del Estado el dinero que les debe, y que aportaremos nosotros finalmente en el recibo de la luz. Tomemos aire y sigamos esforzándonos. Paguemos un poquito más en los billetes de los trasportes públicos y muchísimo más por el combustible, con su centimito sanitario incluido. 

La tabla de ejercicios no acaba aquí. Tomemos un traguito de agua y continuemos con los esfuerzos. Trabajemos más por menos, en un puesto de trabajo que se ha convertido en una entelequia mágica al servicio de la productividad y la cuenta de resultados. Si terminamos en el paro, contribuyamos cuidando de los parques o construyendo gaseoductos en Laponia.

Y por si todo esto no fuera poco, sufraguemos padres y abuelos a tantos jóvenes sin futuro y a sus criaturas. Aportemos también lo que podamos a la supervivencia de tantas familias, más de un millón, que no ingresan ya ni un solo chavo. Después de tanto trabajo, reposemos algunos minutos. No perdamos sin embargo el tiempo y meditemos con el siguiente argumento: no podemos gastarnos lo que no tenemos y debemos ahorrar de donde no hay. Mejor lo dejamos, no sea que nos provoquemos una hernia.

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Fernando González

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