domingo, noviembre 27, 2022

Autenticidad Gore-ificada

Seguir a Mitt Romney de campaña es un ejercicio doloroso pero familiar.

Doloroso, a causa de todos los momentos de crispación en los que te das cuenta de que, a pesar de todos los esfuerzos de Romney por imitar rasgos humanos, siguen produciéndose anomalías en matrix que le dejan en evidencia como alguien diferente del resto.

Solamente durante la semana pasada, dijo complacerse al despedir a la gente, expresó su raro temor por recibir «la carta de despido» del empleo que ha amasado su fortuna hasta rozar los 250 millones, y afirmaba de forma y plausible que ocupó un puesto «de los de abajo» tras pasar por la Facultad de Empresariales de Harvard.

Romney afirmó además que «Nunca creí que me metería en política» — aun llevando en política dos décadas. Y dijo que no se presentó a la reelección como gobernador de Massachusetts porque «sería cuestión personal» — como si postularse a la presidencia, cosa que hizo en su lugar, fuera un gesto de sacrificio y altruismo.

Romney, razonaba la pasada semana el columnista conservador Jonah Goldberg, tiene «un problema de auténtica falta de autenticidad».

Y ésa es justamente la razón de que la lucha de Romney resulte tan familiar. Es la reencarnación política de Al Gore, cuya campaña cubrí hace una docena de años con idéntica cantidad de servilismo.

Ver a Romney, con sus pantalones Gap, riéndose de sus propias bromas y haciendo afirmaciones patentemente disimuladas trae a la memoria todos aquellos malos recuerdos del año 2000: Lo de que la película «Love Story» se basaba en él. Lo de que inventó internet. Los diversos tonos tierra del vestuario. Los trajes de sastre de tres botones. La imagen de macho alfa con botas de vaquero. Lo de no poder responder a los federales porque había bebido mucho té y tenía que ir al baño. Lo de la visita de recaudación al centro budista. Los suspiros durante el debate.

También le resulta familiar a Michael Feldman, veterano ayudante de Gore que contempló de primera mano a su jefe venirse abajo a causa del sambenito de la artificialidad. «Cuando una impresión así cala, le hablas a una pared», me dice. «Estas imágenes pueden formar impresiones que son realmente difíciles de cambiar».

Más que nada, el problema de Romney es mayor que el de Gore porque se origina en el cambio de postura a tenor de cuestiones como el aborto, el matrimonio homosexual o la sanidad pública. A nivel de contenido, los problemas de Romney podrían terminar pareciéndose más a los de John Kerry: como ha escrito mi colega Greg Sargent, la destrucción del sentido empresarial de Romney a través de los ataques vertidos contra su trabajo en Bain Capital es parecida a la destrucción de la trayectoria de Kerry como héroe de guerra en Vietnam a manos del colectivo de veteranos Swift Boat Veterans for Truth.

Romney, con sus múltiples residencias, también comparte con Kerry la vulnerabilidad del rico. Newt Gingrich, en su ataque por saturación al favorito Republicano en Carolina del Sur, utilizaba una imagen de Kerry practicando la vela en un anuncio la pasada semana próximo a un insulto velado: «Al igual que John Kerry, también habla francés».

Pero en cuanto a talante y estilo, Romney se acerca más a Gore, otro hijo de político salido de Harvard con tendencias ostentosas que, en público, nunca parece cómodo.

Los medios convencionales tienden a colgar a cada candidato un defecto de carácter a modo de resumen simplificado (John McCain era volátil, George W. Bush era atontado, Barack Obama no para de rajar). Amenazadoramente, las descripciones de Romney son las mismas que se aplicaban a Gore hace 12 años: asumir «entidades», atravesar «cambios radicales», tratar de mostrar rasgos «de tipo de a pie», exhibir comportamientos «robóticos» y protagonizar nuevas versiones, como «Romney 3.0».

Para Romney, el problema pasa a ser ahora que la prensa, y los rivales, están a perpetuidad en busca de nuevos ejemplos que sumar a su dossier de rarezas. «Es un ciclo retroalimentado», explica Chris Lehane, que trató de ayudar a Gore a desafiar su imagen «estirada» con éxito limitado. «Te esfuerzas tanto por pensar lo que vas a decir que te encasillas mentalmente cada vez que hablas. Te pone nervioso el arquetipo en el que vas a encajar».

En el caso de Romney, hay ya apoyo sobrado al arquetipo: su creencia de que «las multinacionales son personas», sus comentarios acerca de cazar «bichos», la historia de conducir por ahí con el perro de la familia subido a la baca del coche familiar, su intento de apuesta de 10.000 dólares con Rick Perry, su canción «¿Quién soltó a los perros?», simular ser pinchado por una camarera, sus desfasadas bromas de las jóvenes de los locales Hooters y la salsa holandesa, y su tendencia a pedir protección de sus rivales a los moderadores del debate.

Ninguna de esas cosas, en sí misma, descalifica — y, como en el caso de Gore, no todos los ejemplos son justos. Pero unidas a las frecuentes fluctuaciones de Romney en las polémicas, sus rarezas han dado la impresión de que es alguien extraño en quien no se puede confiar. Romney no está por fuerza sentenciado — Gore, después de todo, obtuvo más votos que el otro tipo — pero esto parece estar claro ya: durante los 10 próximos meses, cada movimiento de Romney recibirá el trato recibido por Gore.

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Dana Milbank

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