miércoles, noviembre 30, 2022

El Príncipe Felipe

El Príncipe Felipe es un ciudadano, pero también un centro de investigación científica de Valencia que toma de él su nombre por estar, como si dijéramos, bajo su advocación. Lamentablemente, estar emparentado con Felipe de Borbón, siquiera de manera nominal, no le ha evitado ser víctima de los recortes a lo necesario que ha hecho la Generalitat Valenciana para poder seguir manteniendo lo superfluo, de modo que sus 114 trabajadores, que se empleaban en catorce líneas de investigación científica de enorme importancia para vencer el dolor y la enfermedad, fueron despedidos en noviembre pasado. Ahora bien; como todavía quedan personas que se resisten a ser bultos o esclavos, que aman a sus hijos y que discurren la mejor manera de hacer efectivo ese amor, la madre de una niña enferma de una clase de diabetes que habría de beneficiarse de los hallazgos medicológicos del centro, no se resignó al maltrato institucional y ha reunido mediante rifas, meriendas y cuestaciones los 7.000 euros que permitirán a Silvia Sanz, la investigadora que busca un remedio para esa insania, seguir trabajando en el fantasmal Centro Príncipe Felipe hasta abril. Después, ya se verá.

No ha sido fácil para Cristina Ponce, esa madre, conseguir los 7.000 euros para comprar un poco de esperanza: nadie tiene un duro. Pero el Príncipe Felipe, no el centro, sino el ciudadano, no está tan canino, y acaso hubiera podido, toda vez que ese centro lleva su nombre, haberse estirado un poco y, de su peculio, haber mantenido esas líneas de investigación desmanteladas que tanto bien perseguían. Si cualquier cosa llevara el nombre de uno, más allá del DNI y la firma de ésta columna, uno, que no es un príncipe, o cuando menos no de esa clase, habría hecho lo que fuera por mantenerlo en óptimas condiciones de revista. Y como uno, tantos. Y no se trata de caridad, esa engañosa flor que medra en los paisajes de la injusticia, sino de aprecio al propio nombre y a las criaturas que confiaban en un centro que, ostentándolo, buscaba el modo de curar sus heridas.

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Rafael Torres

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