sábado, diciembre 3, 2022

Rubalcaba for ever

… Y llegó la noche más triste y le dejaron más solo que la una. En 1987 “el cojo Manteca” reventaba a golpes de muleta el mobiliario urbano madrileño que se encontraba a su paso. Vagabundeando por España, desde su Mondragón natal, acababa de recalar en Madrid. Por pura casualidad, se camufló en una manifestación de estudiantes airados que protestaba contra las reformas que quería implantar José María Maravall, el primer ministro socialista de educación en la democracia recobrada. Las cámaras de seguridad del Banco de España retrataron la furia de aquel chaval impedido, punk, marginado y marginal, que se hizo famoso sin proponérselo. Con aquel mar de fondo, todavía reciente, se embarcó Pérez Rubalcaba en su larga travesía de servicios a la Patria. Le conocí en el caserón del ministerio en la calle de Alcalá, recién nombrado secretario de estado. Fuimos presentados por un amigo en común, periodista también, que colaboraba con él. Rubalcaba me causó una impresión excelente: se sabía de memoria el temario educativo y defendía sus ideas explicándolas divinamente. Afable, inquieto, irónico, dotado de un sentido del humor un tanto pícaro, hablamos largamente de política y de la frustración que a ambos nos producía que la Quinta del Buitre no hubiera ganado la Copa de Europa. Rubalcaba ya era un maestro de la sutileza y la estrategia: había flotado en el alambique endemoniado de la Federación Socialista Madrileña, que aún hoy sigue abrasando a sus militantes. Rubalcaba conocía la fórmula adecuada para evitarlo, probablemente debido a su formación como químico.

El segundo encuentro que me viene a la memoria, de los muchos que he mantenido con él en mi vida profesional, se desarrolló en los pasillos funcionales y luminosos del entramado gubernamental de la Moncloa. Una obra suya que convirtió la alquería presidencial en un complejo de edificios y oficinas, con su correspondiente búnker de seguridad incluido, pensado para dotar al Presidente de todo lo necesario que se precisa para gobernar un país moderno y democrático. Caminábamos juntos hasta la sala donde la TV en la que entonces trabajaba, Telemadrid, se disponía a grabar la entrevista con Felipe González, muy pocos días antes de que José María Aznar le ganara las elecciones. González bromeaba con la maquilladora, que casualmente era de su pueblo. Mientras enchufaban los focos, Rubalcaba analizó conmigo los sondeos y me aseguró que si la campaña duraba una semana más Aznar se quedaba en la oposición. Como sabía que no era posible, me habló de la necesidad de abrir las puertas a las nuevas generaciones socialistas y que él mismo pensaba en la retirada.

No lo hizo. Entró en la ejecutiva que relevó a Felipe González y apoyó todo lo que pudo a Joaquín Almunia, aunque sabía perfectamente que era un caballo perdedor. Y en eso que llegó el bambi Zapatero, aupado en los guerristas, y Rubalcaba fue arrinconado como tantos otros, refugiado en Ferraz, hacía lo que mejor sabe hacer: conciliar, coordinar, aconsejar y elaborar proyectos. Cuando se acordaron de él le encargaron un trabajo fundamental, negociar con el Partido Popular la ley de partidos políticos, uno de los instrumentos más eficaces de los que se ha dotado el Estado para derrotar a ETA. Muchos analistas le atribuyen la estrategia que llevó a Zapatero de la nada a la Moncloa. Fuera así o no, y yo creo que es cierto, Rubalcaba volvió a tirar del carro: portavoz en el Congreso, Ministro del Interior y Vicepresidente, todo un carrerón para un político que pensaba en el retiro en 1996.

Vuelven a retumbar en el PSOE los tambores que anuncian el cambio y a Rubalcaba le llegan facturas pendientes de todos aquellos que se la tienen jurada. De nada le valen los muchos años de servicio a España y al socialismo democrático, ni la dedicación de tantos años velando a Zapatero en su larga agonía. Tampoco que haya tumbado a ETA, ni que cargara con el miedo y la desesperanza de sus compañeros cuando las primeras encuestas sobrecogían el ánimo de las bases y de los electores progresistas. Ha evitado el desastre total y no veo a otro con su capacidad y sus patriotismo, tan comprometido con las siglas centenarias del PSOE y tan capaz de agarrar con fuerza las riendas de la situación hasta que las aguas vuelvan al cauce. Seguramente la historia no le colocará como cabecera de un capítulo, pero muchos pensamos que es el hombre clave en el devenir reciente del PSOE y el más representativo de todos sus dirigentes desde que salieron de las cloacas del franquismo. González, Aznar y el propio Rajoy han perdido elecciones antes de entrar por la puerta de los leones en el Congreso. A Rubalcaba le van a pedir mucho más, negándole el pan y la limosna. Es el único eslabón que enlaza ya a las distintas generaciones socialistas y el único que puede refundar el partido en tiempos de cambios tan profundos e impredecibles. Lo ha hecho otras veces. La militancia está con él y le agradece el esfuerzo, veremos ahora quienes dan un paso adelante y empuñan la pancarta rotulada Rubalcaba for ever.

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Fernando González

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