domingo, diciembre 4, 2022

La indiferencia de Obama

Los acuerdos presupuestarios prosperan porque los presidentes pinchan, imploran, persuaden, exigen y amenazan. Unas cuantas llamadas telefónicas e intervenciones públicas tibias no cuentan. Es el ejecutivo, no el legislativo, el que aporta energía y orientación al mecanismo presupuestario. El supercomité fracasó principalmente porque el Presidente Obama mostró su indiferencia.

El proceso no estaba condenado al fracaso desde el principio. El secretario de la mayoría en el Senado Harry Reid y el presidente de la Cámara John Boehner querían un acuerdo. Los senadores Demócratas en medio de comicios difíciles por su reelección habrían preferido votar a favor de los recortes del déficit. Las conversaciones presupuestarias en torno al déficit del Vicepresidente Joe Biden a principios de año identificaron al menos 400.000 millones de dólares en ahorros fáciles. Los Republicanos, durante las negociaciones del supercomité, pusieron sobre la mesa subidas modestas de la recaudación pública de unos 300.000 millones de dólares.

Eran los ingredientes de un acuerdo. Pero sólo un presidente puede maridarlos y madurarlos.

La fría indiferencia de Obama con respecto al mecanismo del supercomité es decepcionante, pero no irracional. El fracaso reviste escasa factura económica, y cierta ventaja política probable.

Los economistas de la administración se muestran en general indiferentes al resultado de las negociaciones — y con razón. El importe de la reducción del déficit en cuestión — 1,2 billones de dólares a 10 años — es reducido. Equivale al 8% del PIB más o menos — un error de redondeo esencialmente en comparación con una deuda nacional que se sitúa en torno al 100% del PIB Estos recortes son automáticos — se aplican por acuerdo legislativo o por reducciones del gasto público en todos los capítulos. Pero no se activan hasta 2013 — lo que significa que, por definición, no tendrán repercusión económica directa sobre la campaña de reelección del presidente.

En contraste, la expiración de la bajada de las retenciones o de la prestación por desempleo antes de finales de este año supondría un importante golpe económico. Evitar esta posibilidad es el principal objetivo de la administración. El supercomité se convirtió en una distracción.

La atención de los mercados también se desvió. Una debacle económica europea resulta más amenazadora que otro fracaso político esperado a medias en Washington — por el momento al menos. La crisis de la deuda de América es igual de grave que la de Europa, pero aplazada unos años. Europa se acerca rápidamente a su final fiscal.

Ciertos economistas calculan que una recesión europea, acompañada de un descenso importante del valor del euro, deprimirá el crecimiento económico estadounidense alrededor del 0,5%. Y los problemas del sistema bancario europeo podrían ser contagiosos. Hay en la actualidad 21 instituciones financieras que hacen las veces de actores de la Reserva Federal de los Estados Unidos en la compra y venta de deuda pública (una menos que hace poco con la desaparición de MF Global, la entidad de Jon Corzine). Ocho entidades del total son bancos europeos — escasamente capitalizados en general y respaldados por gobiernos insolventes. Todas estas instituciones están expuestas, a través de complejas transacciones, a las debilidades mutuas.

De forma que la Casa Blanca y los mercados tienen mejores cosas de las que preocuparse que de la humillación de los miembros del supercomité — ninguno de los cuales incluirá probablemente la experiencia en un currículum. Y los Republicanos, aunque no responsables principales del fracaso, tuvieron escasa prisa por evitarlo. Confían razonablemente, en palabras del Senador Jon Kyl, en «poder superar el embargo de fondos públicos» para evitar los enormes recortes automáticos en el gasto de la defensa. Y los líderes Republicanos parecen satisfechos de esperar a la elección de un presidente Republicano y probables avances en el Senado antes de abordar un acuerdo presupuestario serio. ¿Por qué correr el riesgo de la división Republicana interna en la cuestión de la recaudación fiscal en aras del acuerdo con un presidente que aparentemente no está interesado en el acuerdo?

A tenor del déficit presupuestario, siempre hay mil motivos para la inercia. Obama parece calcular que se beneficia de postularse contra la disfunción legislativa — y el Congreso parece encantado de reforzar su idea. El Congreso, después de todo, es mucho menos popular que Richard Nixon el día de su dimisión. Desde que adoptara un tono más duro con los líderes legislativos, la popularidad de Obama se ha estabilizado. El consejo político que recibe el presidente es probablemente convincente. Su reelección depende de pasar el muerto de una situación económica que no se puede defender.

Pero la estrategia de Obama depende de una difícil labor de imagen. Trata de postularse contra los fracasos de un mecanismo político que se supone encabeza él. Quiere hacer campaña contra lo fracturado del sistema que él fue contratado para arreglar. Su crítica constituye una confesión de ineficacia. La principal justificación de Obama se podría convertir en un argumento en contra de ampliar su legislatura — la situación le viene grande simplemente.

E incluso si la estrategia de reelección de Obama triunfa, sólo triunfará durante un tiempo. Hasta que llegue nuestra conclusión fiscal.

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Michael Gerson

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