jueves, diciembre 8, 2022

¡A mí no me llame, don Mariano!

Ha dicho Mariano Rajoy “que si gana las elecciones, llamará a los partidos políticos, a los sindicatos y a las patronales, y a todos los ciudadanos para conciliar soluciones comunes a la crisis económica”. Es algo imprescindible, creo yo, para salir adelante. He reflexionado, y me parece que a mi no debe llamarme don Mariano. Me explico: no tengo ni idea de lo que hay que hacer para arreglar un problema tan grande. Todo lo que se me ocurre, dentro de mi ignorancia, me suena raro. Imagínense ustedes que descuelgo el teléfono y es don Mariano Rajoy. Él me preguntaría y yo le contestaría así: ¿y para que haya más dinero en el mercado y créditos para todos aquellos que quieren montar un negocio o mantener abierto el que ya tienen, no sería bueno nacionalizar la banca y disponer de entidades públicas que financiaran la recuperación? Supongo que me respondería algo parecido a esto: “¡pero hombre, es usted más antiguo que la orilla del canalillo, parece escapado de Cuéntame, con la barba cerrada, la boina revolucionaria calada sobre las orejas y la trenca casposa!… ¡Qué cosas me propone usted querido amigo!” Escúcheme don Mariano, si los franceses, que son más de derechas que don Pelayo, lo están haciendo con los bancos que quiebran, por qué no lo hacemos nosotros con nuestra banca floreciente. “Sinceramente, contestaría el presidente del PP, debería saber que vivimos en un mundo, el europeo, que no quiere aventuras como la que usted me propone. Ya tenemos bastante con Grecia”.

Si la conversación no se acabara en ese momento, yo le seguiría proponiendo otros pensamientos que me asaltan en las noches desveladas. Verá usted don Mariano, ¿y si nos olvidáramos del “café para todos”, perdone me refiero al estado de las autonomías, y volviéramos  al proyecto de un estado federal en el que viviéramos felizmente españoles, vascos, catalanes y gallegos? Podríamos olvidarnos de las cortes regionales, de los más de mil parlamentarios autonómicos, de sus consejos, de sus empresas públicas, de sus defensores del pueblo y demás zarandajas que nos salen por un pico y dedicar ese dinero a la creación de puestos de trabajo y a satisfacer las necesidades básicas en sanidad y en educación. Podríamos incluso, don Mariano, resucitar la Confederación Ibérica, incluyendo a Portugal como se pensó en su día.

Rajoy me escuchaba pacientemente, sin hacer ningún comentario, ni siquiera ese “depende” que tanto le gusta. ¿Sigue ahí señor Rajoy?… “Le escucho… siga, siga”. Pues bien, señor Rajoy, y para hacer todas las cosas que necesitamos hacer, ¿no sería imprescindible una reforma fiscal y subir los impuestos? Subirlos de verdad, a los ricos y a las empresas que nos marean con sus beneficios, y que todos paguemos más, aunque sea un poquito más, para evitar pedir más dinero prestado y acabar como los griegos. Muchos ciudadanos estaríamos dispuestos a colaborar, lo dicen todas las encuestas. Rajoy abortó mi discurso secamente. “Vamos a bajar los impuestos”. No me salen las cuentas, le repliqué. Si no entra más dinero en la caja y queremos mantener los servicios que prestamos, de dónde van a salir los cuartos. “Austeridad querido amigo, austeridad”. Pero señor Rajoy, la austeridad provoca el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, la atonía inversora y más paro. “Austeridad, emprendedores y confianza”, repetía Rajoy machaconamente. Me desperté sobresaltado cuando el despertador me anunció el comienzo de otra jornada. Mientras me afeitaba alegrándome de conservar el empleo en un país con cinco millones de parados, pensé que era mejor que a Rajoy no se le ocurriera llamarme. Por si las ocurrencias, un ruego: a mi no me llame don Mariano.

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Fernando González

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