martes, noviembre 29, 2022

La jueza intemperante

Dice la magistrada Ángela Murillo, que insultó en la Audiencia a cuatro imputados mientras les juzgaba, que se abstiene del caso para no causar «perjuicio alguno». Esas palabras recuerdan, salvando todas las distancias, incluso las insalvables, a las que empleó Alfonso XIII para justificar su apresurada salida de España al advenimiento de la II República: no quería que se derramara sangre por él. Nadie estaba dispuesto aquel 14 de abril, ningún monárquico, a ofrecer ni una gota de su sangre por aquel fumador tan empedernido que se fumaba hasta la Constitución mediante sus autogolpes de estado para instaurar dictaduras militares. Se fue porque no le quedaba otra, como a la jueza Murillo, que, en puridad, ya no podía causar más perjuicio del que había causado a la esencia misma de la administración de justicia. O dicho de otro modo: dejó el caso que juzgaba un instante antes de que se le invitara públicamente a hacerlo.

Juzgo innecesario mencionar las razones por las que un juez se inhabilita para cumplir su función si, además de producirse desconsideradamente con los imputados, termina llamándoles «cabrones». Incluso si se les juzgara por eso, habría de esperar al término de la vista y de la deposición de los testigos, de la acusación, de la defensa, de los peritos si los hubiera y de los propios reos, para formarse una opinión objetiva y jurídicamente fundamentada que, vertida en la correspondiente sentencia, estableciera si los ocupantes del banquillo son o no unos «cabrones». Que lo son es algo sobre lo que nadie alberga la menor duda, pero se les juzgaba por otra cosa, por asesinar y causar estragos, más por la intemperancia de la visceral jueza se han quedado sin juzgar y habrá que empezar de nuevo, procurando con ello más sufrimiento, y enteramente inútil, a Adoración Zubeldía, la viuda del concejal José Javier Múgica, asesinado por ETA, que habrá de revivir de nuevo en la sala todo el horror de aquel crimen.

La consternación se completa viendo que es muchísima la gente a la que, al parecer, se le antoja estupendo lo que ha hecho esa jueza.

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Rafael Torres

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