martes, diciembre 6, 2022

Pista de circo

Me cuesta consumir la información-espectáculo que se impone en las grandes cadenas de TV. Cualquier noticia, incluso las más habituales y recurrentes, sirve de coartada para montar un show mediático. No me refiero a las tertulias de teatrillo, pobladas de seres vociferantes y descarados, les hablo de crónicas que sacadas de madre e iluminadas con luces de colorines, titulan cada día los telediarios. Esta reflexión viene a cuento de la escenificación de hechos ordenada por un juez que investiga la desaparición de dos criaturas en Córdoba. Allí estaba el padre de los niños, recorriendo las praderas del parque donde se les vio por última vez, con la cara contraída y la mirada perdida, agachándose en lugares escondidos y parándose bajo la arboleda, como si hubiera encontrado algo de valor. Rodeándole, agentes judiciales y policías, atentos todos a los movimientos del personaje. No estaban solos. Cámaras de televisión, fotógrafos y reporteros audaces y preguntones, acompañándoles y agobiándoles. Un requisito procedimental convertido inexplicablemente en una milonga televisada, lo nunca visto y lo que nos queda por ver.

¿Qué me dicen ustedes del juicio público abierto por la muerte de Marta del Castillo? Los protagonistas del caso desfilando por los platós de las televisiones. Sólo falta la alfombra roja en la plaza pública por la que concurren los actores de este drama terrible. Dolor fotografiado hasta la saciedad y el vómito. Declaraciones amarradas al duelo y a la desesperación que se repiten una y otra vez. Desalmados, presuntos todavía, que se reflejan en los objetivos que retratan el morbo por quintales.

Muchas veces se roza también el ridículo: periodistas abandonados en un monte, engullidos por la oscuridad, empapados hasta el tuétano o blanqueados de copos pegajosos. No se piensen que se ha colapsado medio país, inundado por un temporal o bloqueado por una gran nevada. Simplemente, llueve o nieva. En otras ocasiones, para que los directos queden mejor, se dramatizan: informadores anclados al malecón, micrófono en mano y cara de susto, cuentan que hace muy malo, mientras las olas se derrumban a sus espaldas. Los ciudadanos costeros, que saben de galernas desde que el mundo es mundo, contemplan el fenómeno, preguntándose qué se le ha perdido a esa pobre chica en el paseo marítimo, con la que está cayendo.

El último episodio se ha desarrollado en la isla canaria de Hierro. Allí tembló la tierra bajo un pueblecito de pescadores. Algunos días después se vislumbró una pequeña erupción bajo el mar. Suficiente para montar el correspondiente jaleo: unidades móviles, conexiones en directo vía satélite y revuelo periodístico. El asunto no daba para mucho más, ni los seísmos derrumbaron nada, ni los chorros de lava hirvieron las aguas del mar. Tampoco los ciudadanos herreños, apacibles y cadenciosos, nacidos sobre un volcán, colaboraban mucho en su papel de secundarios. Sin embargo, el objetivo se había cumplido. Me cuenta un compañero periodista de Canarias, Miguel Ángel Daswani, que le habían llamado desde la península para preguntarle si cancelaban las vacaciones navideñas en ¡Lanzarote! Les contestó que no había problemas, era como si la tierra temblara en Ronda y se anularan las reservas para viajar a Santiago de Compostela. Como les digo, puestos a disfrutar del circo, yo prefiero el Circo del Sol.

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Fernando González

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