domingo, febrero 5, 2023

Conspiracionistas que se comen entre sí

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Diga lo que quiera de los teóricos de la conspiración del nacimiento de Obama, pero partidistas no los puede llamar.

Los que crearon el jaleo de la partida de nacimiento de Obama ahora tienen un objetivo nuevo: el Senador de Florida Marco Rubio, un caballero que la gente cree podría ser el candidato vicepresidencial Republicano. Ya en ello, también tienen a Bobby Jindal, gobernador Republicano de Louisiana y futuro candidato presidencial quizá, en su punto de mira.

Cada caballero, dicen los conspiracionistas, queda descartado para presidente por faltar al requisito constitucional de que el presidente tiene que ser «ciudadano oriundo de padres naturales» de los Estados Unidos. Los padres de Rubio eran nacionales cubanos en el momento del nacimiento de él, y los padres de Jindal eran naturales de la India.

Cuando supe de los objetivos más recientes de los conspiracionistas, a través del comentario esta semana de un lector de washingtonpost.com en mi chat, pensé que era una broma. Pero, por supuesto, Alex Leary del St. Petersburg Times informaba que diversas lumbreras de la comunidad conspirativa – Mario Apuzzo, Kerchner Charles, Orly Taitz y Alan Keyes – arrojaban dudas sobre la viabilidad de Rubio.

«El Senador Marco Rubio no es ciudadano natural de los Estados Unidos según los estándares constitucionales», escribe Kerchner en su blog. «Nació con la doble ciudadanía cubana y estadounidense. No puede por tanto ocupar el puesto de presidente ni de vicepresidente». Hace unos meses, Kerchner utilizaba la misma lógica para anunciar a los cuatro vientos que «Jindal NO es ciudadano natural de los Estados Unidos. Sus padres no eran ciudadanos estadounidenses cuando nació él».

Esto se apoya en una interpretación bastante amplia de «natural». A este ritmo, es desde luego cuestión de tiempo que los conspiracionistas empiecen a descartar candidatos nacidos por cesárea o si sus madres fueron anestesiadas durante el parto. ¿Exigirá ver su historial clínico Donald Trump? Las absurdas acusaciones de los activistas no van a impedir por sí mismas a Rubio ser presidente. Hay obstáculos mucho más graves en su camino, el más reciente una devastadora crónica de Manuel Roig-Franzia en el Washington Post que demuestra que la versión principal del ascenso político de Rubio, que es hijo de exiliados que huían de la Cuba de Castro, es falsa. En realidad, sus padres abandonaron la isla, por razones económicas al parecer, dos años y medio antes de que Castro llegara al poder.

Pero el drástico giro que han dado los conspiracionistas debería de servir de oportuno recordatorio a los líderes Republicanos de que tienen que responder con mayor contundencia a los indignados e inestables de sus filas. Muy a menudo han hecho todo lo contrario. Jindal, por ejemplo, alentaba a los activistas a principios de este año al anunciar su apoyo a la legislación que obligará a los candidatos a un cargo público federal a presentar su partida de nacimiento norteamericana antes de acceder a los comicios de Louisiana. Fue, como muchos señalaron, un triste esfuerzo de un caballero nacido con el nombre de Piyush Jindal.

De igual forma, contados son los candidatos presidenciales Republicanos que han condenado a la audiencia de los debates presidenciales que aplaudió el uso liberal de la pena capital, permitir que los que no tienen seguro fallezcan a consecuencia de ello, y la opinión de que los parados tienen la culpa de estar en el paro. Y parece dudoso que vayamos a escuchar hablar a los líderes Republicanos acerca de la nueva iniciativa del colectivo Tea Party Nation de obligar a los líderes del sector privado a prometer no contratar hasta que acabe «la guerra de los Demócratas contra las empresas».

Por supuesto, no es un problema exclusivamente Republicano. Mi colega Jennifer Rubin, observando la importante cifra de mensajes antisemitas aparecidos en los actos de Occupy Wall Street, preguntaba esta semana «a los políticos y los medios de comunicación respetables: ¿dónde está el escándalo?» No hay pruebas de que los manifestantes que culpan de los problemas del país a los banqueros judíos no sean sino una minoría reducida. Pero eso no excusa a las figuras públicas de la obligación de responder a los extremos.

El fulgurante ascenso de los tarados de todas las franjas es consecuencia natural de un sistema político que ha perdido cualquier vestigio de centro político. Pero en la era Obama, es sobre todo un problema de los legisladores Republicanos intimidados al silencio a causa del miedo a que cualquier crítica a los desequilibrados abra la puerta a un reto en las primarias. Ahora que los conspiracionistas han empezado a comerse sus propias esperanzas más brillantes, a lo mejor los legisladores Republicanos se sienten finalmente obligados a decir algo.

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Dana Milbank

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