lunes, diciembre 5, 2022

El olor del azufre

El aire que respiraron los vecinos de La Restinga cuando el otro día quisieron volver a sus casas, estaba impregnado del azufre de las emanaciones del espumeante volcán sumergido. El viento soplaba de mar a tierra, y ese olor, que dicen que es el del Diablo, o el del mismísimo infierno, les percutió en el pecho y les lastimó los ojos y la garganta, aunque bastó que retornaran a su «exilio» en El Pinar para que dejaran de sufrir los efectos del ácido sulfuroso. En la Península, sin embargo, a 2.000 kilómetros de allí, la toxicidad de la atmósfera no se debe a los regüeldos de ningún volcán, sino a la putrefacción de algunas almas, a los incendios provocados que calcinan miles de hectáreas de Galicia, de Asturias, de Castilla y a la corrupción de las instituciones. Sabemos qué clase de viento trajo esas pestilencias, pero no que viento podría llevarse ese olor.

De la conducta de María Dolores Amorós, ex directora general de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, se desprende un hedor insoportable. Es la ciudadana que se asignó un sueldo de 100 millones de pesetas, y una pensión vitalicia de 60, por contribuir a la bancarrota de dicha Caja, y al serle retirado parte del botín pretende cobrar los 1.400 euros del subsidio de paro. Se ve que no le llegó para ahorrar nada a esa señora que no perdona una peseta… de los demás. Entre tanto, el poder político que permitió semejante cosa con sus nulos o viciados controles, encarnado por el PP en Valencia, también hiede, como así mismo el de Murcia, encarnado por lo mismo, cuyas dependencias visita la Guardia Civil guiada por el olor a podre. También apesta esa manera de votar que consiste en depositar la papeleta con una mano, mientras con la otra se pinza uno la nariz.

A los españoles de El Hierro les amenazan las fuerzas de la Naturaleza, pero esas fuerzas, como los animales, no matan por matar. Los incendiarios que asolan los bosques, las fragas y las florestas del septentrión peninsular sí matan por gusto, por codicia, por maldad. Las cenizas cubren el sol y la lluvia no acude a socorrer al arbolado en llamas. En La Restinga huele el azufre del volcán; en la Península, aquí y allá, el del Infierno.

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Rafael Torres

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