sábado, diciembre 3, 2022

¿Dónde se aloja nuestra memoria?

La ubicación física de la memoria se ha revelado como uno de los grandes santos griales de la ciencia en el siglo XXI. Ha sido buscada tanto en regiones específicas del cerebro como fuera de él. Sin embargo, los científicos aún no han logrado dilucidar por qué ninguna parte de nuestro cerebro parece ser la responsable de alojar los recuerdos. Numerosos neurofísicos han intentado ubicarla en diferentes localizaciones específicas: el córtex temporal, el parieto-temporal, los lóbulos frontales, el cerebelo, etc.

Un punto de inflexión fue la investigación del neurofisiólogo norteamericano Karl Lashley (1890–1958), quien demostró que después de seccionar hasta un 50% del cerebro de una rata, ésta podía recordar los trucos con que se la había instruido. Lo sorprendente del experimento residía en que los roedores continuaban ejecutando los actos aprendidos, independientemente de qué mitad de su cerebro había sido erradicada.

La teoría holográfica, nacida de experimentos como los de Lashley, considera que la memoria podría residir no en una región concreta del cerebro, sino en todo el órgano por igual. Sin embargo, la neurología ha descubierto que el cerebro es una masa sináptica en permanente cambio; todas las sustancias químicas y células interactúan y cambian de posición en forma constante. Teniendo en cuenta semejante plasticidad del encéfalo, es difícil sostener cómo la memoria pudiera alojarse en la distribución completa del cerebro, para ser recuperada desde un cerebro completamente distinto.

Ante este panorama tan amenazante para la biología mecanicista tradicional, muchos investigadores se han volcado a pensar que la verdadera residencia de la memoria se encuentra en un espacio dimensional no observable, y que el cerebro no actúa como portador de ella, sino como el nexo físico necesario para relacionar al individuo con un “campo abstracto” situado fuera del cerebro, al que se ha venido a denominar “campo mórfico o morfogenético”.

Desde que el doctor Rupert Sheldrake, reconocido investigador y biólogo del Trinity College de Cambridge, planteara la teoría de los Campos Morfogenéticos, la investigación de la mente ha discurrido por dos vertientes diametralmente opuestas. Según Sheldrake, la memoria no se asienta en ninguna región cerebral especial, sino que permanece en forma de campo abstracto fuera del cerebro, el cual actúa meramente como “codificador” y “decodificador” del flujo de información producido por la interacción de cada persona con el medio que lo rodea, conectándose como una función “inalámbrica” al mismo cuerpo.

Esta teoría parece ser respaldada por el hecho de que, tras numerosos casos de amnesia producidos tras un accidente, un gran porcentaje de los afectados logra recuperar la memoria, algo que no podría producirse si sostuviéramos que los recuerdos perdidos se encontraban en un tejido ya destruido de una región cerebral específica.

Rupert Sheldrake suele realizar una interesante analogía para explicar la manera en la que él cree que mente y cerebro pueden interaccionar: “Si manipulara tu televisor para que fueras incapaz de recibir ciertos canales, o si destruyera la parte relacionada con el sonido a fin de que sólo pudieras recibir imágenes, esto no probaría que el sonido o las imágenes estaban almacenadas dentro del televisor. Meramente demostraría que yo había afectado el sistema de sintonización para que tú no pudieras recibir la señal correcta. La pérdida de memoria por daño cerebral no prueba que la memoria esté almacenada dentro del cerebro. De hecho, la mayor parte de la memoria perdida es temporal: la amnesia que sigue a una conmoción, por ejemplo, es a menudo temporal. Esta recuperación de memoria es muy difícil de explicar en términos de teorías convencionales: si los recuerdos han sido destruidos porque el tejido de memoria ha sido dañado, no deberían regresar de nuevo; y sin embargo a menudo lo hacen”.

Si aceptamos esta interesante teoría de la memoria, donde sintonizamos con nuestros propios recuerdos, entonces ¿por qué no sintonizamos también con los de otras personas? Sheldrake considera que sí que lo hacemos, y sugiere la existencia de una memoria colectiva con la que todos estamos sintonizados en un concepto muy similar al del inconsciente colectivo de K.G. Jung, aunque con ciertas diferencias: la principal es que la idea de Jung se aplica principalmente a la experiencia y a la memoria colectiva humana, y Sheldrake propone que opera en todo el universo, no sólo en seres humanos.

El tema es complejo, pero se me ocurre una última reflexión al hilo de lo expuesto: ¿Podrían explicar esta teoría los fenómenos de mediumnidad y contactismo, y que éstos no tuvieran nada que ver con personas difuntas ni con extraterrestres?

David Sentinella

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