miércoles, noviembre 30, 2022

Duquesa de Alba

Se casa la Duquesa de Alba. Por tercera vez. Como si fuese una estrella de Hollywood. Y se casa en Sevilla. Como si fuese la protagonista de un Romance de Quintero, León y Quiroga. Incluso, como los Amantes de Abril y Mayo. Pero ella ya, desgraciadamente, no anda por los cuarenta, como en aquella copla, y él ya no tiene 22. Ella tiene 85 años y se casa con un hombre de 60. Y, aunque a ella siempre le gustó bajar a la calle para mancharse con el polvo del camino, creo que todo esto no es más que paripé. Una caricatura propia de una señora que busca siempre una exagerada exaltación de su personalidad.   

Y es que el egocentrismo de esta Cayetana de Alba, azuzado por esos periodistas de cámara que la rodean, ha convertido esta boda en un espectáculo que roza el frikismo. Todo en ella es ridículo. Grotesco. Pese a que alguno de estos periodistas haya llegado a compararla con la del príncipe Eduardo y la Princesa Catalina de Inglaterra en un acto más cercano al frenesí que a la cordura.

Nada tiene sentido en esta boda. Salvo, claro está, el lametazo que significa para el ego de esta mujer, hija única, a la que el destino reservó un lugar de privilegio y al que no ha sabido casi nunca corresponder. Ni antes, ni después, ni ahora.

Porque por mucha Duquesa de Alba que sea, por muchos títulos nobiliarios que posea y por mucho dinero que tenga, no se puede perder la cabeza de la manera que ella la ha perdido. Creo, incluso, que faltándose el respeto a sí misma, aunque su entorno mediático lo haya vendido como un hecho de rebeldía.

Con su alcurnia y su apellido, que también diría la copla, es muy fácil ser rebelde. Lo difícil es ser discreta. Y más ahora que no están los tiempos para algo distinto.

No voy a negarle yo a Cayetana el derecho a encapricharse de otro hombre, aunque algunos lo llamen enamoramiento. Ni, por supuesto, el derecho a casarse con él. Allá él. Pero más le valdría a la Casa de Alba mantener un poquito de mesura en todo esto y, desde luego, tratar de alejarse de esos periodistas que creen que España sigue estando aún a caballo entre el Siglo XVIII y el XIX.

Pinocchio

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