lunes, diciembre 5, 2022

La vida explicada a alumnos de octavo

Bien metidos en el curso escolar, y con la inquietud de los exámenes proliferando como el perenne otoño, y con los padres haciendo el calentamiento nocturno de la vuelta al colegio, hay que recordar los riesgos de la empresa educativa. Todo lo relativo a la vida, al parecer, se explica en la lista de lectura obligatoria de lengua de octavo.

Voy a saltarme «Romeo y Julieta», que debió haber sido descartado y al que se le debía negar cualquier derecho al soliloquio. Es «El señor de las moscas» el que resultará más familiar a los estudiantes de instituto. El tormento del extraño. Las pandillas que se convierten en tribus. Cuando los chavales escapan a la supervisión de los adultos, son perfectamente capaces de dar lugar a sus propios mundos de miseria.

La mayoría de nosotros somos eventualmente rescatados de la isla de coral, con un poco de paciencia y Clearasil. Pero, como señala el orientador de mi hijo, son pocas las personas que ante la opción de revivir una parte de sus vidas, eligen octavo.

Los salvajes pintados y berreantes de William Golding — que cazaban primero jabalíes salvajes y luego a otros chavales — son exageraciones. Pero no siempre. A Jamey Rodemeyer — un chaval de 14 años que hace poco se suicidaba en Buffalo, Nueva York — le dieron caza. Acosadores de la red tenían las miras puestas en su orientación sexual. «Me importaría un bledo que te murieras», rezaba un comentario. «Nadie se daría cuenta. Just do it :)»

Es la cara sonriente lo que toca mi fibra, igual de obscena que la cabeza de un jabalí en un palo.

A medida que los acontecimientos en «El señor de las moscas» van degenerando hacia el salvajismo, la voz de la razón de Golding plantea: «Qué es mejor – ¿tener normas y obedecer, o cazar y matar?» La respuesta no siempre es evidente a todo hijo de vecino. La explicación de Golding implica la sorpresa del autoconocimiento. Cuando Simon se enfrenta finalmente a la cabeza del palo, la Bestia, el señor de las moscas, se burla: «¡Rara idea la de que la Bestia sea algo que se puede cazar y matar! Lo sabías ¿no? ¿Que soy parte de ti? ¡Acércate, acércate!»

En el cuento de Golding, los fallos de la sociedad humana son los fallos de la naturaleza humana, que ningún regulador ni sistema puede alterar. La civilización es una delgada capa de pintura. El progreso es un mito romántico. El fin de la inocencia una historia de terror.

Los objetivos docentes de octavo, no obstante, dan respuesta al pesimismo de Golding. En «Matar a un ruiseñor», el municipio de Maycomb, Alabama, es igual de espantoso que la isla de coral. Fabrica turbas anárquicas. Sus chavales también son cazados.

Pero a diferencia de Golding, Harper Lee presta al mundo adulto una voz moral. Atticus Finch enseña a sus chavales, Jem y Scout, que la respuesta adecuada a la injusticia es el valor — una virtud que se presenta en lugares inesperados y que brilla más a medida que la esperanza se desvanece. «Es cuando sabes que estás vencido antes de empezar», explica Atticus, «pero empiezas de todas formas y ves las cosas claras con independencia de las circunstancias». Está presente en la señora Dubose, que elige la muerte sin la comodidad de la morfina, y en el propio Atticus, que argumenta su defensa perdida contra la intolerancia. Más que una batalla decisiva, el valor es la vocecita que dice al final de la jornada: «Mañana lo vuelvo a intentar». Es una epopeya desconocida, una ilíada silenciosa.

En la descripción de Lee, el contenido del valor es la simpatía. Exige de la imaginación para ponerse en el lugar de otra vida. Scout descubre que el vecino al que teme y del que se burla le ha dado suelto, y chicle, y una medalla – y luego la salva del homicidio. «Atticus tenía razón», dice Scout de su padre. «Una vez dijo que nunca se conoce a alguien hasta que te pones en su lugar y conoces sus circunstancias».

Es fácil de desechar por sentimental y melindres. Es, en realidad, la respuesta a todo — al racismo y el acoso escolar pasando por el genocidio y el abuso cotidiano que imponemos a otros. Trata a los demás como te gusta que te traten. No juzgues y no serás juzgado. Ponte en la piel de otro un rato. Es la única respuesta eficaz a la Bestia que renace constantemente.

Esta es la esperanza que une a padres y profesores; no que la naturaleza humana se pueda alterar, sino que la educación moral sea factible. Que un chaval de 13 años, como muchos antes, puede vislumbrar el valor real en vidas imaginarias. Que el final de la inocencia puede ser el principio de la simpatía. Que hasta un alumno de instituto puede tener algo de dignidad.

Al final de «Matar a un ruiseñor», Scout dice: «Nada da miedo de verdad menos lo de los libros». No es cierto. Mucho de lo humano da miedo. Pero las respuestas están en la lista de lecturas obligatorias.

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Michael Gerson

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