lunes, diciembre 5, 2022

No me dan ninguna pena

Estos días de despedidas -Zapatero lleva ya unas 20- empieza a generarse una suerte de tierna pena en los medios de comunicación sobre los que se marchan, aunque aún les queden para nuestra desdicha meses y otros no tengan ninguna voluntad de hacerlo. Salen ellos diciendo que se sienten orgullosos de la tarea realizada y debemos nosotros como que agradecérselo. ¡Y una leche!

Se van porque no pueden quedarse, se van justo antes de que los echemos, se van porque han dejado al país hecho unos zorros, a la Nación desencuadernada y a la población angustiada por su presente, que para cinco millones es de paro, y por su futuro que todos presumimos difícil y duro. Y este Gobierno y el partido que lo ha sustentado tienen buena parte de culpa en ello.

Cierto que la crisis mundial no es cosa suya en origen. Pero es su total responsabilidad su ocultación, su disparatada reacción y su despilfarro cuando tanto necesitábamos ahorrar. Pero el daño ocasionado por el zapaterismo y por el partido, que sumisa y entusiásticamente ha aplaudido su insensata deriva, va más allá de la penosa situación de paro y ruina económica. El daño a la propia Nación, que dijo discutida y discutible, con sus apuestas como el Estatut catalán y su secuela desvertebradora es la herencia más nociva a la que hay que añadir el habernos traído de vuelta a ETA a las instituciones y cuando más derrotaba estaba darle como salida su mayor triunfo político. Si se añade como colofón el haber removido el odio entre españoles con apelaciones a la memoria guerracivilista y como postre haber hecho una verdadera dejación de sus deberes como gobernante en el mantenimiento de la convivencia y orden publico tolerando espectáculos tan bochornosos como la agresión a los peregrinos de la JMJ podemos tener el resumen de esa labor de la que dicen sentirse orgullosos.

Los españoles hemos sufrido con Zapatero el peor de los gobiernos de la democracia y, más allá de sus intenciones, al peor presidente. Todavía peor por el momento que le tocó atravesar y donde su perfil de iluminado y de optimista patológico se añadió a su incapacidad para afrontar los problemas y su capacidad para crearlos allá donde no existían. Y en ese Gobierno no sólo está la Salgado, o la Pajín o estuvo Bibiana Aido o Narbona o Montilla o Blanco. En ese Gobierno mandaba más que nadie, hasta más, en los últimos tiempos, que el propio presidente, un tal Alfredo Pérez Rubalcaba, que ahora se nos pretende vender como solución tras haber sido uno de los principales muñidores de nuestras desdichas.

No me da pena alguna este Gobierno. Me da pena la sociedad española y la lástima la guardo para los que habrán de administrar tan nefasta herencia. Desde luego, que al país que recogió Zapatero en 2004 si que ahora no lo reconoce ni la madre que lo parió.

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Antonio Pérez Henares

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