miércoles, noviembre 30, 2022

De ratones y hombres

Es el título de una tierna y terrible novela del Nobel norteamericano John Steinbeck, escrita en 1937, que cuenta las andanzas de dos obreros vagabundos que se emplean como jornaleros en ranchos de todo el país durante la Gran Depresión norteamericana. George y Lennie, un discapacitado mental, son los protagonistas: uno cuida del otro. George es listo, espabilado, hábil; Lennie es ingenuo, torpe, tierno pero incapaz de entender. Es el retrato de una época tremenda en la que los personajes reflejan la desesperanza, la tristeza y el espíritu de subsistencia en un mundo extraño, hostil y difícil para poder desenvolverse en él con ternura y lealtad.

Steinbeck vivió en primera persona el drama de la crisis – tan actual en estas fechas – y sus novelas respondían a los hechos cotidianos de quienes de verdad la padecieron hasta la más absoluta pobreza. El autor de ‘Las uvas de la ira’, recogió el título de esta obra de un viejo poema del inglés Robert Burns – autor que también inspiraría a Salinger-, llamado ‘A un ratón’.

En ese poema, del siglo XVIII, Burns dice: “Tierno animal, inerme y despavorido ¡cuan gran susto en exiguo ser metido! No es menester que huyas tan aturdido con carrera alocada. ¡No pienso perseguirte enfurecido con letal aguijada. Siento que el poder del hombre, fatal, haya roto el vínculo natural, haciendo que me culpes de tu mal…”

Steinbeck juega con los versos del inglés y sobre una identidad original, imprecisa y retórica, crea personajes que padecen, sienten y sufren bajo las condiciones de la gran crisis capitalista y las limitaciones de la propia naturaleza humana.

Ahora que padecemos una crisis más, que los analistas han comparado con aquella otra que empezó entre un martes y un jueves negros, resultan más exasperantes las noticias que hablan de actos absurdos que ponen en peligro la vida de las personas, tan en peligro por razones objetivas. No es que nuestra salud mental esté en el plano de la de Lennie, el personaje creado con sensibilidad por Steinbeck, ni que las circunstancias nos aboquen a una vida de éxodo continuo, de búsqueda de esperanzas en lugares extraños e imprevisibles. Es que mientras el mundo se desploma, nuestros congéneres de especie se dedican a correr de forma absurda delante de toros de feria con trayectoria criminal, buscando, entre la embriaguez y la tontería, su propia muerte inútil.

Nuestra idiosincrasia nacional nos dibuja entre tinieblas de esquizofrenia y nuestros recursos culturales se emplean para distracciones suicidas, crueles y suicidas, dicho sea de paso, pues se fundamentan en arriesgar la vida en callejones y plazas y en torturar con envenenada inquina los lomos de los animales seleccionados para la orgiástica diversión.

Hay un paso entre el extremismo hortera y la patriótica seña de identidad taurina. Pero ha tenido que ser un ratón, Ratón se llama el toro que ha matado este fin de semana a un joven en Valencia en medio de la burla del encierro y la placidez del colocón, el que nos sitúe ante nosotros mismos, en el bien pulido espejo que refleja de forma cristalina nuestras limitaciones habituales para vivir la vida con inteligencia.

“Tierno animal, inerme y despavorido ¡cuan gran susto en exiguo ser metido… No es menester que huyas tan aturdido con carrera alocada” ni exiguo, ni aturdido ni despavorido, Ratón se cobraba en Xativa su segunda víctima mortal en unos años. El caso es que Ratón es todo un veterano personaje, nada literario y mucho menos novel, que recorre las fiestas populares provocando el pánico y la curiosidad en dosis similares. La gente disfruta del miedo, del riesgo y de la sangre ajena vertida ante sus ojos.

Lennie y George, habitan un mundo que padece rigores económicos que los condenan a la marginalidad y el abandono. Vagan por la vida sin sueños ni esperanzas. Son el último peldaño en la escalera que baja a la desolación del infierno. No estamos, sin duda, en ese escenario. Estamos en uno bastante mejor. Lo muestra el hecho de nuestra forma de reírnos y el entretenimiento que dispara nuestros instintos más sucios y despreciables, en vez de contenerlos y adiestrarlos con un espíritu de complicidad y solidaridad. Para ver a Ratón, dice el empresario que lo gestiona, me ponen cheques en blanco para que yo los rellene.

La España de la depresión no surge de su desventura económica, viene de la tragedia de nuestros gustos, usos y costumbres. De nuestra forma enfermiza de entender la diversión, de la canícula que ciega los estímulos de atracción por la belleza y deja que nos abandonemos al disfrute, rezongando con malsano éxtasis entre la ponzoña, a lo peor que habita en nuestro ser.

Si se trata de ratones y de hombres, me quedo con Steinbeck.

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Rafael García Rico

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