domingo, diciembre 4, 2022

La televisión contra nosotros

La televisión se ha convertido en un escaparate de nuestros peores gustos. Nos asomamos a él y encontramos nuestros vicios reflejados en su programación. Insultos, cotilleos, tejemanejes del famoseo, programas que caricaturizan nuestra propia mezquindad y nuestra dudosa moralidad de ciudadanos occidentales.

El buen gusto no es ni el refinamiento ni el glamour, tan desacreditado por actores que se interpretan a si mismos en una bacanal de horteradas. La elegancia en el siglo XXI está en las antípodas de la pequeña pantalla, hay que buscarla en las antesalas de los teatros, allí donde la gente sin presupuesto pega la nariz en el cristal de la puerta para intentar adivinar lo que sucede sobre las tablas.

El buen gusto no es una quimera ni un producto de la imaginación: está en la constancia de los que se ponen de pie para reinvidicar una cultura que nos devuelva la libertad y el conocimiento de nuestra verdadera identidad. Parece que todo se desvanece al encender la televisión, pero no es verdad. Más allá hay un mundo real que se construye entre poetas vagabundos, libreros sin suerte y escritores que se empeñan en crear peleando contra el hambre.

Dijo Valle en su esperpento más famoso por medio de don Latino de Hispalis “En España el talento es un delito”. Sabía de qué hablaba el escritor gallego, autor de la magistral Luces de Bohemia. En realidad la sociedad se divide entre los autómatas y los que están destinados al suplicio de la última procesión, como Max Estrella.

Es el precio de la libertad, porque en ella el mercado, que es  más listo que nosotros, juega al amparo de su protección y lo hace, al final, con más habilidad que los que la aprovechan para disfrutar de los exiguos beneficios de la inteligencia y la cultura.

Miramos la televisión, cuyas audiencias suben a costa de nuestro crecimiento moral como personas, y no nos damos cuenta de que hemos entregado nuestro corazón al diablo audiovisual, ese que nos roba el alma, tal y como pensaban los antiguos que hacían las primeras cámaras fotográficas cuando retrataban a las personas.

La última ocurrencia de la basura que hemos sabido es la de dos humoristas de la televisión brasileña simulando sufrir y llorar en el entierro de Amy Winehouse. En el Ruedo Ibérico ya conocíamos a un demente que con barretina catalana se colaba en los espectáculos más populares. Pero estos dos han traspasado la última frontera de lo permisible: no se puede vomitar un falso humor sobre el cadáver de una persona para ganar puntos en el mercado audiovisual. Es abominable. Y como lo es, es justo que lo aprovechemos para reflexionar sobre este trágico esperpento que empieza a ser nuestra existencia a lomos de la televisión basura. Encendemos la tele y lo que vemos es el reflejo de nuestra alma penitente que ofrecen los espejos cóncavos. Apaga y vámonos nos dice.

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Rafael García Rico

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