miércoles, diciembre 7, 2022

Todos somos culpables

Ya sabemos todos lo que era un secreto voceado en las cuatro esquinas del mundo: que Murdoch andaba engordando su imperio moviéndose sin escrúpulos en las cloacas donde abundan los individuos corrompidos. Políticos, banqueros, abogados, jueces o policías que corren por los túneles, enfangados de porquería, al servicio de este personaje, capaz de convertir los medios de comunicación en un filón de oro y en un arma total de influencia política. El último de los episodios protagonizado por su grupo mediático ha colmado el vaso de la repugnancia ética y moral, incluso la de los más despistados.

Escribidores de baja estofa escuchaban ilegalmente las conversaciones telefónicas de los ciudadanos más doloridos e indefensos, entrometiéndose en la intimidad de los familiares de los soldados muertos en Irak o Afganistán, de las víctimas del terrorismo fundamentalista, de los políticos más agobiados, incluso de los padres de una niña secuestrada y finalmente asesinada. Violentaban derechos fundamentales de las personas para conseguir una primicia con la que alimentar las portadas de los periódicos y los titulares de los programas de TV más sensacionalistas. Ahora bien, para que existan estos productos y tengan el éxito que tienen, es necesario que haya millones de consumidores que compren este tipo de diarios o consuman la bazofia de ciertos canales de televisión. Aún más, es preciso que los profesionales de marketing incluyan a estos medios en su planificación de mercados, y que cientos de anunciantes los avalen con sus marcas y se dejen una “pasta”, que termina por redondear extraordinarias cuentas de resultados y financiar las aventuras de tipos como Murdoch o Berlusconi.

Estamos asimilando con normalidad, sin escandalizarnos, fenómenos intragables. Aquí, en España, sin ir más lejos, funcionan cadenas de TV, empresas privadas que explotan una concesión pública, no lo olvidemos, que despachan papillas malolientes de inmundicias sociales en potitos de apertura fácil y buena digestión. A cualquier hora del día y cualquier día de la semana. Crean sus propios muñecos, les dan vida y movimiento y los utilizan a su antojo. Formatos distintos, detestables todos, con las mismas miserias y los mismos cantamañanas. Programas con audiencias millonarias y sus correspondientes bloques publicitarios, que pagan las suculentas nóminas de las marionetas estúpidas y huecas que aparecen en pantalla, de los ejecutivos inmorales que los gestionan y el reparto de beneficios anual.

Existe otra modalidad, tan indigesta y peligrosa como las otras, especializada en inocular el bacilo del odio y las propuestas de todos aquellos que se manejan más allá de la línea roja que separa a los demócratas de quienes no lo son. Panfletarios que etiquetan de enemigo al adversario, de peligroso al diferente, de parásito y robaperas al emigrante y de antipatriota al que no piensa como ellos.

Vivimos en un espacio de libertades y cada cual es muy libre de ver, oír y leer lo que le venga en gana. Sin embrago, no nos engañemos, entre todos damos de comer a la bestia. Murdoch no debería sentarse sólo en el banquillo. Muchos más son cómplices de sus disparates. Todos: los que consumen sus medios y los que cerramos los ojos, somos tan culpables como él.

Estrella Digital respeta y promueve la libertad de prensa y de expresión. Las opiniones de los columnistas son libres y propias y no tienen que ser necesariamente compartidas por la línea editorial del periódico.

Fernando González

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