domingo, noviembre 27, 2022

Mladic en el laberinto holandés

Llegar a Potocari donde se levanta el memorial a las víctimas del genocidio de Srebrenica no es fácil. Bosnia es, aún, un país lleno de heridas de guerra. Las comunicaciones son difíciles, el terreno montañoso, atravesado por ríos, hace penoso el trayecto por carreteras incapaces de absorber el tráfico lento de viejos coches, camiones o autobuses.

Potocari se encuentra sobre una superficie llana, alrededor hay campos de labor, granjas. Y aún se ven los restos de lo que fue primero una fabrica, más tarde abandonada, luego convertida en uno de los ejes del genocidio y, finalmente, convertida en arqueología de un tiempo imposible, cuando Yugoslavia aún era el país de los yugoslavos, antes de que ese gentilicio sirviera para identificar, en exclusiva, la maldad de los chetniks.

Potocari es un enorme cementerio musulmán. Los medios informativos nos muestran cada día el rostro, la apariencia, el talante y la actitud de los musulmanes de los países árabes. Pero en Europa había musulmanes muy distintos de aquellos que nos muestran como estereotipo de una religión, una cultura, una amenaza. Había musulmanes asentados desde cientos de años antes de que los musulmanes se hicieran noticia mundial por la guerra santa, la yihad o los crímenes de Nueva York. Eran musulmanes creyentes y muchos, musulmanes laicos. Ya ven. Yo conozco muchos católicos laicos, cristianos que no creen y creyentes que no quieren ser católicos, que se sienten cristianos y otros muchos que son y se sienten o que sin ser y a veces son, y otras no. Y otras muchas veces les da igual lo que sean ellos mismos o lo que sean sus vecinos, porque nadie se lo pregunta y nadie les pregunta.

Los musulmanes de Bosnia eran así. Como en el lenguaje del nazismo, había matrimonios mixtos. Había musulmanes y católicos, bosnios y serbios y otras combinaciones que hacían infinita la convivencia sagrada, santa, de los hombres y de las mujeres capaces de vivir siendo incapaces de matar.

Potocari es un cementerio y un monumento. Es una inmensa tumba y un lugar de recogimiento y conmemoración. Brilla el sol del verano en Potocari, y cae la nieve del invierno en Potocari. Allí yacen los cuerpos encontrados, reconocidos de hombres y niños. Y también hay lápidas, que esperan los restos desconocidos, aún irreconocibles de hombres y niños muertos de los que no hay más reconocimiento que el de la ciencia.

Cada año en Potocari, en el mes de julio, se conmemora el duelo, se exalta el dolor de la matanza. Cada año crece el número de enterramientos, aumenta el listado infinito de los nombres, los apellidos y las edades.

Potocari está cerca de otros pueblos en tierras de labranza, una Bosnia rural embellecida como una estampa de un tiempo perdido entre los humos y las industrias. En Potocari se escuchan siempre lamentos y se esparce el silencio entre los nombres, los apellidos y las edades grabadas en una hermosa piedra que reluce con el sol y se apaga con la nieve.

En Potocari, los cascos azules holandeses se arrodillaron a venerar la muerte que prodigaba el ángel negro serbobosnio que hoy vive entre las rejas de La Haya, en Holanda. Siniestra paradoja que la justicia para Bosnia resida en La Haya.

Ratko Mladic estaba en Potocari, en Srebrenica, un pequeño pueblo situado unos pocos kilómetros más lejos. Allí, el mundo encendió de nuevo las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau, o Buchenwald, los campos de la muerte de Pol Pot.

El mundo sí. Ratko Mladic sólo tuvo la oportunidad y el valor del criminal ejecutor. La culpa no sólo se puede juzgar, ¡qué paradoja!, en La Haya. Ni la culpa, ni la responsabilidad que nos afecta.

Se dirime la responsabilidad en la conciencia de todos y de cada uno de entre todos y cada uno de los demás. La culpa, el sentimiento de culpa, ni se dirime ni se resuelve.

La culpa es parte de nosotros y ya no tiene arreglo, por mucho que el general Ratko Mladic exhiba su criminal impostura en el juicio, con los miembros del tribunal que lo juzga en La Haya, junto a los holandeses con los que, al fin el también, verá llegar su muerte.

Muy pronto en Potocari, a unos pocos kilómetros de Srebrenica, se cumplirá un nuevo aniversario del crimen.


Rafael García Rico

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