miércoles, diciembre 7, 2022

Pasión en el ascensor

Habíamos coincidido muchas veces en el edificio. Cada uno a sus asuntos. Era un hombre, “del montón”. Sin más. Solícito siempre a hilvanar cualquier conversación que yo tuviera a bien iniciar en mis numerosos viajes en ascensor al noveno piso, como las frecuentes visitas del conserje, al bar, la vecina ruidosa de los perros, la última jardinera robada… Aunque había algo en él que me llevaba siempre a mirar sus manos, su gran boca, los sospechosos pliegues de su pantalón…

Aquella noche, nos sorprendimos a la puerta del edificio intentando entrar. Me sobrevino un cierto nerviosismo que, enseguida, también adiviné en él y que atribuí a la hora: las tres de la mañana. Llevaba una bolsa de una tienda abierta de madrugada y yo mi bolso de mano. Esta vez se nos hizo difícil cubrir el trecho que conducía al ascensor. Apenas nos mirábamos y sólo se escuchaba el cliqueo de mis tacones. De poco servía que el pasillo hubiera sido remodelado últimamente que, en otro momento, nos hubiera dado para varias conversaciones cruzadas.
Cuando llegamos al ascensor el corazón se me salía. Llevé mi mano al pecho y le sorprendí mirándola fijamente. Por el nerviosismo, había desabrochado un botón de mi camisa.

El sonido habitual del ascensor nos reveló que estaba ya abajo. Pero esta vez ninguno se atrevía a abrir la puerta. Allí dentro, más cerca probablemente, podríamos oírnos mejor. Al final, las dos manos se rozaron con la intención de abrir. El sudaba ligeramente, lo que me hizo intuir una gran ansiedad. Presionó el noveno. Le miré sorprendida. Perdón, dijo él… que yo me quedo en el cuarto…

Ahora tembló sin disimulo, tanto, que el contenido de la bolsa cayó al suelo. Quería morirse cuando observó mi fijación en la carátula de aquel video: “El Imperio de los Sentidos”. Fue un segundo eterno.

Me agaché a recoger la caja. Sus ojos le delataron: suplicaba, se le salían de las órbitas. Y sin dudarlo acerqué mi mano a la hoguera y en un momento liberé su pene erecto de aquella celda para introducirlo en otra más suave y húmeda. Lanzó un gemido interminable.

Ya despreocupado, llevó sus manos grandes a mi trasero, y bruscamente me bajó mis leggins hasta dejarme a merced de su ariete que lo introdujo tan profundamente y con movimientos tan frenéticos, casi violentos, que podía sentir la oscilación de sus testículos. Nuestros jadeos eran tan intensos que sólo los atenuaba aspirándolos con mi boca. En apenas unos minutos ya habíamos consumido todo el oxígeno disponible.

Recompusimos nuestro vestuario, abrió la puerta, y sólo acerté a decirle: “Me gusta cómo han remodelado los pasillos del zaguán, ¿a tí no?  El sólo acertó a decir “sí, mucho, muchísimo”.

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