lunes, febrero 6, 2023

¿Está siendo Obama demasiado rígido para explotar la oportunidad en Oriente Próximo?

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Todos sabemos que cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca, un pensador flexible y pragmático reemplazaba a un ideólogo rígido.

¿Pero y si lo que todos sabíamosestuviera equivocado? ¿Qué pasa si la historia deja a George W. Bush como el pensador más dúctil, y a Barack Obama como el más rígido – o, en términos positivos, consistente?

Empecemos por el mantra de que ningún Presidente llega a la presidencia que espera tener o que proyecta tener. Donde se distingue cada uno es en el grado en el que cede en sus objetivos frente a las circunstancias cambiantes o al extremo al que aspira a cambiar esas circunstancias en su favor.

Probablemente ningún presidente cambiara de forma más dramática que el Presidente Bush tras el 11 de septiembre de 2001. El caballero que concurría con una plataforma de humildad en el exterior y administración pública modesta a nivel nacional procedía a invadir dos países, a evangelizar con la democracia y a ampliar de forma dramática el tamaño de las competencias del estado.

Obama se ha enfrentado a uno al menos y presumiblemente a dos cambios históricos de relevancia comparable al ataque de al-Qaeda contra el World Trade Center y el Pentágono.

El primer cambio fue el práctico colapso del sistema financiero y el peligro de una segunda Gran Depresión. Obama respondió de forma agresiva y capaz, prolongando la operación de rescate que había comenzado Bush y ampliándola a los fabricantes de automóviles y otros sectores.

Pero no permitió que la crisis remodelara las prioridades que había llevado a la Casa Blanca. En lugar de eso, las volvió a enmarcar. Las reformas de la sanidad, de la enseñanza y de las energías se volvieron a presentar como imprescindibles para reparar los desequilibrios económicos que había sacado a la luz la crisis económica. Una batería de medidas de gasto gigante encaminada presumiblemente a estimular la economía fue añadida de forma improvisada a las medidas, desde informatizar las consultas de los médicos a promover dietas por méritos para profesores, cosas que tenían más que ver con los objetivos legislativos originales de Obama que con el estímulo económico.

Ahora el presidente se enfrenta a otro cambio sísmico, de menor relevancia inmediata para los estadounidenses pero presumiblemente de igual o mayor valor histórico: las revueltas multitudinarias de democracia por todo Oriente Próximo.

El asesor de seguridad nacional de Obama, Thomas Donilon, decía hace poco a mi colega David Ignatius que la Casa Blanca reconoce la primavera árabe como un suceso extraordinario, equivalente a la caída del Imperio Otomano o la descolonización de Oriente Próximo tras la Segunda Guerra Mundial.

Tiene razón: en solo unos meses, personas corrientes por toda la región – corrientes en todos los sentidos menos en su valor – han dado un vuelco a décadas de explicaciones eruditas de que los árabes nunca se iban a revelar contra sus atroces dictadores. Los riesgos, para Israel y para la lucha contra el terrorismo, son notables. Pero también lo es el potencial para una región que durante mucho tiempo se ha quedado atrás y para la seguridad estadounidense y la paz mundial.

Pero aun así, volviendo a la fallida Revolución Verde de Irán en 2009 y a través de los levantamientos de Egipto, Libia, Yemen, Bahréin y Siria, la única constante en la respuesta de Obama ha sido su inconsistencia lenta y paralizante.

Ciertos observadores están desconcertados con la cautela. Otros han elogiado lo que consideran la interpretación pragmática del Presidente de que cada país es distinto y exige una respuesta particular y estudiada.

Pero puede que el presidente simplemente se esté manteniendo fiel al plan que le llevó al frente de la administración.

El principio rector de la política exterior del candidato Obama era el diálogo: la noción de que al suscribir la diplomacia que presuntamente Bush había descuidado, Obama restauraría la posición estadounidense en el mundo. Donde Bush había dado lecciones e intimidado, Obama suscribiría alianzas, el derecho internacional y una aceptación más realista de la influencia relativa en declive de América.

La tesis tuvo un éxito limitado. Se han producido avances diplomáticos con Rusia, y unas elecciones pacíficas en Sudán, pero poco o ningún progreso en los objetivos clave del diálogo de la administración: Irán, Burma, Corea del Norte, la paz palestino israelí.

Aun así, cuando la gente se levantó en Irán, Obama parecía reacio a alterar la posibilidad de negociar con los ayatolas. En Egipto, la administración se mostró reacia a abandonar a un socio que había prometido ayudar en el proceso de paz de Oriente Próximo. En Siria, parece reacia a abandonar a un dictador que algún día puede prometer ayudar en el proceso de paz. En Libia, el compromiso de Obama con un papel estadounidense modesto ha sentado precedente a la hora de ganar una guerra en la que entró a regañadientes.

Existe virtud en la inconsistencia y riesgo en las actuaciones imprudentes. La epifanía de Bush del con nosotros o contra nosotros demostró ser insostenible en un mundo complejo, y su interpretación de que los dictadores árabes, aunque aliados de Estados Unidos, alimentaban el terrorismo que nos amenazaba no se tradujo en una nueva política factible hacia la región.

Pero también está el peligro de la consistencia – o no aprovechar las oportunidades que se plantean de forma inesperada. La primavera árabe podría salir de forma desastrosa o acabar en fiasco, pero también podría ser comparable en su alcance a la caída del imperio soviético. Esperaría ver a América haciendo todo lo posible dentro de su considerable influencia para encauzarla en la dirección correcta, incluso si ello exige un cambio de rumbo o una corrección de naturaleza ideológica.

Fred Hiatt

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