lunes, diciembre 5, 2022

Un bárbaro en la corte de Florentino

El Real Madrid de mis amores se ha convertido en un equipo áspero, feo y antipático; desfigurado a golpes por el puto amo de la calle Concha Espina –una definición del otrora filósofo Pep Guardiola-. Un tipo malhumorado y agrio, investido de poder absoluto por un ser superior. Este portugués, que se cree amado por su dios particular, pretende reconstruir la casa blanca como si la historia de esta institución centenaria hubiera comenzado cuando él llegó. Don Florentino le fichó para campeonar, como dicen los argentinos, y ahora tendría que explicarnos hasta donde quiere prolongar la tragicomedia protagonizada por este personaje teatrero y vanidoso. Me pregunto qué pasaría en la multinacional del señor Pérez si alguno de sus directivos fuera incapaz de rentabilizar una inversión de centenares de millones de euros, fabricara una mercancía averiada, dinamitara la imagen corporativa de la empresa, dentro y fuera de España, y acabara por enfrentarla a todos los competidores del sector. La respuesta es obvia: despido fulminante, sin finiquito alguno.

Hace ya muchos años, yo era entonces un niño, en lo que ahora es la esquina comercial del Bernabéu –otro símbolo del florentinismo-, estaban los campos de tierra y el gimnasio donde se entrenaban los artistas que hicieron pentacampeón de Europa al Real Madrid. Había también allí una piscina recoleta para los socios, adornada con parterres de flores, estatuas altísimas de atletas griegos, cascadas y hasta un solárium para broncearse en cueros. En uno de los laterales se levantaba un magnífico restaurante, de aires caribeños, que servía paellas irrepetibles y los percebes más grandes que yo haya visto en mi vida. Cuando aquellos colosos terminaban la faena y fichaban la salida de la fábrica, como decía Di Stefano, bien maqueados y vestidos con llamativos trajes de hilo, comían allí. Bellísimas mujeres revoloteaban por el lugar. Recuerdo perfectamente a Pachín, Del Sol, Pancho Puskas, la Saeta Rubia, y a otros cuyos nombres no consigo asociar con sus caras. Un día de agosto paseando por el bordillo de la pileta con mi padre, se nos acercó Santamaría, central titular del aquel Real Madrid, y con su acento dulzón y arrastrado del Río de la Plata, le preguntó: “¿Al nene le gusta el fútbol?” Es muy pequeño todavía, le contestó mi padre. Algunos años después y ya con el carné de socio infantil en el bolsillo, comenzó mi afición a este noble deporte y el seguimiento puntual de las andanzas del club merengue.

Me bauticé en el Santiago Bernabéu con el Real Madrid de los yeyés y de la Sexta, y en las gradas de Chamartín seguí el juego del Madrid de los garcías y Juanito, que disputó y perdió una Copa de Europa en París; la llegada de los machos, con Hugo Sánchez, Maceda y Gordillo y su prolongación extraordinaria en la quinta del Buitre; y así hasta el Madrid de la Séptima con Mijatovic, el equipazo los fernandos, con Redondo y Hierro, y la galaxia de Raúl y Zidane. No es cierto, como se dice ahora para justificar las tácticas del bárbaro, que el Real Madrid no se haya cruzado con equipos tan esplendidos como el Barcelona de Xavi y Messi. Los blancos se han enfrentado, siempre para ganar y con todos, a los equipos más fantásticos de la historia: El Benfica de Eusebio y Colunna; el Inter de Luisito Suárez, Mazzola y Maldini padre; el Peñarol – ¿pero a qué juegan estos?-, dijo don Alfredo cuando los padeció en Montevideo; el Ajax de Cruyff; el Bayern de Udo Lattek, Paff, Brehnme, Rummenigge y Matthaus o el Milán de Arrigo, Maldini, Baresi, Ancelotti, Gullit y Van Basten. Les ganamos y perdimos también contundentemente, pero nunca vi en el banquillo a Gento, Pirri, Velázquez, Amancio, Del Bosque, Gallego, Camacho, Santillana, Netzer, Martín Vázquez, Michel, Sanchís, Schuster, Laudrup, Figo, Raúl o Ronaldo. Siempre estaban allí, de blanco, a las duras y a las maduras.

Dicen que José quiere volverse a Inglaterra ¡Qué se vuelva! Que firme, si es posible, con un equipo portuario. Formará parte del paisaje de estibadores, hombres recios, muelles brumosos, aguas grises, pintas de cerveza y putas de farola. Podrá formar un conjunto de pateadores de rugby, corredores de la milla, fondistas etíopes y levantadores de pesas. Es posible que, incluso, llegue a ganar una Liga de Campeones que nunca será una leyenda. Si es así: ¡qué la aproveche!

Fernando González

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