lunes, diciembre 5, 2022

La red social rentable

El estado de Robert Gibbs en Facebook: Complicado.

Es complicado porque hace apenas unas semanas Gibbs abandonó su puesto de portavoz de la Casa Blanca diciendo que su principal labor durante el próximo par de años sería la reelección del Presidente Obama. Pero entonces Facebook llamó a su puerta – y con ese permiso de añadir como amigo viene el potencial para que Gibbs gane millones subiéndose al carro de la esperada ampliación de capital de la empresa el año que viene.

Ahora Gibbs tiene que elegir: ¿su presidente o su bolsillo? Si elige lo segundo, seguirá a muchos antiguos colegas presa del frenesí por hacer caja tras ocupar cargos públicos en la administración Obama durante períodos de tiempo relativamente breves. El Ala Oeste ha empezado a parecerse a una agencia de colocación.

Peter Orszag, antiguo responsable presupuestario de Obama, ampliaba su propio presupuesto aceptando un cargo en Citigroup. Ron Klain, antiguo jefe de gabinete del Vicepresidente Biden, ahora gana dinero ocupándose de las inversiones del multimillonario de la red Steve Case. La Cámara de Comercio anunciaba hace poco que el ex asesor de seguridad nacional James Jones ahora asesora a sus miembros. La antigua jefa de gabinete en funciones de Obama, Mona Sutphen, forma parte del gabinete de UBS Wealth Management. El ex consejero de la Casa Blanca Greg Craig aconseja a los clientes de un gran bufete. La antigua responsable de la agenda social del presidente Desiree Rogers lleva ahora los actos sociales de los socios de la empresa de publicidad que dirige.

Y son sólo algunos.

Hacer caja tras un breve paso por la administración pública no es desde luego algo nuevo, pero eso no hace menos decepcionante que tantos funcionarios de la administración Obama se apresuren a sacar tajada de su paso por la administración. El colectivo Center for Responsive Politics sitúa ya en 314 los funcionarios de la administración Obama que han atravesado la puerta giratoria que separa los sectores público y privado, en comparación con los 511 de los ocho años de George W. Bush y los 348 de Bill Clinton.

Puede que esto no deba sorprender, porque las figuras políticas de todas las franjas parecen haber prescindido de su sentido de la vergüenza al convertir sus influencias en ingresos. Siete senadores del último Congreso ya están metidos en empresas relacionadas con la presión política: Evan Bayh, D-Ind.; Bob Bennett, R-Utah; Kit Bond, R-Mo.; Chris Dodd, D-Conn.; Byron Dorgan, D-N.D.; Judd Gregg, R-N.H. y Mel Martínez, R-Fla. Quince funcionarios recientes de la Cámara están inmersos en negociaciones con grupos de presión también, incluyendo a secretarios de comité antes dignificados como Ike Skelton, D-Mo. o Pete Hoekstra, R-Mich. Una docena de funcionarios recién apartados de la actividad pública se pasaban al sector privado.

No hace mucho, que un legislador se convirtiera en lobista era una curiosidad. Pero en el caso de los altos funcionarios, alquilar influencias ha perdido su estigma. El servicio a la nación, virtud cívica y fin en sí mismo en tiempos, se ha convertido en un trampolín a la fortuna personal.

A veces ni siquiera esperan a abandonar la administración para atender sus cuentas. Tras la publicidad embarazosa, la Senadora Claire McCaskill, D-Mo., abonaba hace poco 300.000 dólares en impuestos atrasados en concepto de un avión privado en el que había invertido.

Al otro extremo del Capitolio, el congresista advenedizo David Rivera, R-Fla., podría tener problemas aún más graves; los inspectores están al parecer revisando diversas irregularidades financieras, incluyendo préstamos sin declarar que recibió de una empresa de la que su madre es titular.

Los votantes pueden elegir expulsar a McCaskill y a Rivera por sus imprudencias, pero una vez que un funcionario público abandona la administración, las contadas normas éticas del reglamento no sirven para impedirles valerse de sus conexiones para dar un pelotazo. Y los legisladores no van a poner en peligro su futuro rentabilizando el poder a base de poner importantes obstáculos al camino de la puerta que separa los dos sectores.

De forma que la puerta sigue girando, trasladando a altos funcionarios de la administración Obama, de los Departamentos del Tesoro, de Estado y de Justicia sobre todo, a cargos de escándalo en el sector privado. En la propia Casa Blanca, parece un día de las profesiones perpetuo.

Los importantes asesores de Obama David Axelrod y Anita Dunn salen de ocupar cargos en consultoras. La responsable de comunicación de la primera dama se marchó a Siemens. El responsable de la estrategia de comunicación de la Casa Blanca se marcha al Glover Park Group. El coordinador legislativo de la Casa Blanca abandonó el cargo por Hilltop Public Solutions. Un ayudante del jefe de gabinete se fue a Bloomberg L.P. mientras otro se asociaba con el secretario de prensa en funciones en una consultora. El director administrativo de Biden se ha convertido en socio de un bufete. Un funcionario del gabinete de urbanismo ha entrado en el lobby Raben Group.

Luego está Marne Levine, antigua jefa de gabinete del Consejo Económico Nacional, convertida en vicepresidenta de estrategia pública global – en Facebook. Si Gibbs y ella acaban contando sus ingresos tras la oferta pública, ¿se pararán a pensar un momento en que fue el contribuyente americano quien les forró sus corporativos lomos?

Dana Milbank

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