miércoles, noviembre 30, 2022

Obama ofrece claridad en Libia

El presidente Obama anunció el lunes la victoria de su limitada intervención militar. Después de tan sólo una semana, dijo él, América ha logrado su objetivo de impedir una masacre de rebeldes. ¿Significa eso pues que Obama está dispuesto a brindar apoyo militar estadounidense comparable a los manifestantes acosados en Bahréin, por ejemplo, o Yemen o Siria en algún momento del futuro?

La respuesta será probablemente negativa, y ése fue el matiz de realismo importante pero soslayado que subyace a su intento de explicar la que viene siendo una política confusa hacia Libia. Aunque Obama logró ponerse de acuerdo en apoyar un «conflicto de elección» para detener en seco a Muammar Gaddafi, las fuentes dejan claro que él no considera la intervención en Libia un precedente de intervenciones parecidas en otras partes de la región.

Obama ofreció una fórmula parecida a lo que escuché la semana pasada desplazándome junto al Secretario de Defensa Bob Gates: Los Estados Unidos sólo deben hacer uso de la fuerza militar de forma unilateral cuando ello implique intereses nacionales estadounidenses clave; en los demás casos, como Libia, los Estados Unidos deben actuar militarmente sólo con el apoyo de sus aliados. América no va a hacer las veces de policía del mundo, en otras palabras. Pero está dispuesta a servir de «comisario de policía» a la hora de organizar operaciones internacionales de pacificación.

Así es como lo dijo Obama en uno de los pasajes clave del discurso: «El liderazgo estadounidense no es simplemente cuestión de acudir en solitario y cargar todo el peso nosotros. El verdadero liderazgo sienta las condiciones y crea las coaliciones para que otros también colaboren».

El presidente no quiere elaborar esto como «la doctrina Obama», en parte, sin duda, para abrirse el máximo espacio de maniobra, pero está a la vista de todo el mundo. Y si queda alguna duda de su origen en el marco intelectual general de Obama, abra su libro de 2006 «La audacia de la esperanza» por la página 308, donde hace la misma distinción entre amenazas clave «inminentes» que exigen una respuesta unilateral y aquéllas en las que el enfoque multilateral es preferible.

Funcionarios de la Casa Blanca trataban de desarrollar las cuestiones «¿y ahora qué?» que el discurso de Obama sólo insinuó. La fase militar inicial de la campaña de Libia será acompañada de iniciativas políticas y diplomáticas (y, sin mencionarse, actividades de espionaje) encaminadas a crear un gobierno de coalición que pueda administrar Libia después de que Gadafi se haya ido. El presidente interpreta que es una misión caótica, pero al menos es un caos en el que Estados Unidos tendrá compañía, junto a las Naciones Unidas y destacados países árabes y europeos por un camino lleno de obstáculos.

Según el consejero de Seguridad Nacional en funciones Denis McDonough, Estados Unidos mantiene ya contactos con los rebeldes y con los elementos «reconciliables» potenciales en el seno del régimen de Gadafi con vistas a la creación de una futura administración. La oposición libia es un grupo tan variopinto que a la Casa Blanca podría venirle bien en realidad un pequeño margen para conocer mejor a los actores y ayudarles a crear las estructuras de transición.

Obama parece estar dando forma a una estrategia híbrida, maridando las temáticas «realista» e «intervencionista humanitaria». Hace semanas la administración casi parecía aliarse con los manifestantes chiítas de Bahréin contra la monarquía sunita minoritaria. Pero Obama se ha dado cuenta de que América tiene un interés permanente en la estabilidad de la vecina Arabia Saudí, que considera a Bahréin su estado oficioso y no va a tolerar la caída de la familia en el poder ahí.

Del mismo modo, en el caso de Yemen, Obama está conciliando el entusiasmo de América por un cambio político democrático con su necesidad estratégica de un gobierno fuerte que pueda combatir las operaciones de al-Qaeda en la península arábiga. El presidente Alí Abdaláh Saléh se dispone a abandonar el poder, pero la Casa Blanca desea sensatamente tener un mejor entendimiento de lo que aguarda al otro extremo de esta transición, y asegurarse de que las políticas antiterroristas se van a conservar.

El discurso de Obama el lunes fue una lección de la forma en que las presidencias son cuestión empírica. El candidato que llegó a la administración gracias en parte a la solidez de su oposición a la Guerra de Irak ha terminado destacando más efectivos estadounidenses en más campos de batalla. Pero aun así los destaca, de forma reacia cada vez, aplazando y debatiendo antes de enviar efectivos.

Obama pronunció un buen discurso sobre Libia, pero enseguida le hará falta pronunciar un discurso «El Cairo II» que articule una estrategia coherente para la región. Como dijo él, «la historia está en marcha» de Marruecos a Irán, y sí, también en Afganistán y Pakistán. Si Obama sabe conectar su política AfPak con la oleada democrática que transformó Túnez y Egipto, habrá despejado la incógnita de su presidencia.

David Ignatius

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