sábado, diciembre 3, 2022

Guerra preventiva, pero poco…

En una de las escenas de Tres Sombreros de Copa, de Miguel Mihura, encontramos ese diálogo, tan propio del teatro del absurdo, en el cual,
interrogado uno de los personajes sobre si su padre era militar contesta “sí, pero solo un poco… casi nada”. Serán las trampas del subconsciente, pero estas líneas me han venido a la mente cuando he leído sobre las sesudas discusiones en el seno de la OTAN y me he hecho eco de las declaraciones de algunos preclaros líderes europeos en torno a la posibilidad de que la Alianza Atlántica acuerde una zona de exclusión aérea sobre Libia, en ausencia de un mandato específico de la Organización de las Naciones Unidas.

Y es que dicha aproximación al problema es muy propia de la altura de los tiempos que vivimos, en los que una adecuada combinación de ambigüedad y eufemismo, envuelta en un paquete publicitario apropiado y debidamente propagada y difundida según los cánones de la corrección política permite tranquilizar la conciencia colectiva (suponiendo que eso exista) y mantener esta sensación generalizada de que existe gobierno mundial sobre la base de eso que se ha dado en llamar la legalidad internacional (concepto igualmente difuso e indeterminado) que garantiza el progreso de la humanidad. De esta manera se orilla de modo grosero el debate sobre la cuestión esencial, cual es la de la vigencia o no del principio de no injerencia en los asuntos internos de un país como límite absoluto a la posible intervención armada de potencias extranjeras.
Lamentablemente, y no es asunto de broma, no es la primera vez que esto se plantea en esta sociedad que estrena el siglo XXI. Ya a finales del XX la comunidad internacional, especialmente los países europeos, protagonizaron el oprobio y la ignominia de convivir con una guerra cruel (¿alguna no lo es?) como la derivada de la desmembración de Yugoslavia. Ante el horror y el genocidio, las naciones de nuestro continente impusieron el cálculo y la jugada táctica. Con esa especie de museo de cera de cuarta división que es la ONU puesto de perfil, los europeos tornamos una vez más en aquel siglo nuestros ojos al denostado imperialismo yanqui en busca de ayuda. Pero el Comandante en Jefe a la sazón no era muy dado a ese tipo de aventuras (es la economía, imbécil) y trato de cubrir el expediente con movimientos equiparables a la zona de exclusión aérea. En aquel caso se trataba básicamente de disparar selectivamente pulcros e inmaculados misiles desde barcos de guerra situados lo más lejos que se pudiera del teatro de operaciones y evitar en lo posible el combate directo y el despliegue de tropas en territorio extranjero (o sea, la ocupación). Nadie ha olvidado el corto recorrido que tuvo esa estrategia infantil y cómo finalmente las botas de los marines tuvieron que volver a pisar el viejo continente para poner fin al desastre, sin que mediase la bendición laica en forma de resolución del Consejo de Seguridad.

La situación actual respecto de la guerra civil en Libia es bastante similar a la de entonces. También hoy queremos intervenir, pero solo un poco, casi nada. Tomar una acción determinante, pero no invadir territorio extranjero. Compensar la debilidad de los rebeldes libios que carecen de fuerza aérea, pero solo para igualar el partido y dejar que la guerra continúe en ese marco debidamente corregido. Entonces ¿se puede o no se puede interferir en los conflictos internos de un país, cuando se tornan en enfrentamientos con resultado de centenares de muertos? Bueno, no se trata de discutir eso, dicen los expertos. Seamos prácticos y adoptemos una solución que equilibre las cosas. Probablemente en muchos de los que inspiran esta línea de pensamiento (si es que se le puede llamar así) pesa enormemente el complejo de culpa por su sobreactuación interesada en la oposición a la guerra de Irak. Craso y estúpido error, ya que las diferencias entre ambas situaciones son importantes, pero nunca se sabe qué demonios de la contradicción roen el espacio que en los retroprogres ocupa el lugar destinado a la conciencia.

El debate sobre la zona de exclusión aérea como una de esas soluciones asépticas que no huelen a nada, como las nubes, y que suponen interferir en las disputas de terceros, pero intentando que no lo parezca, tampoco es nueva en la historia. Dentro de pocos días, el 14 de marzo, se celebrará el DCXLII aniversario del combate de Montiel, en el que Pedro I el Cruel moría a manos de su hermanastro Enrique II, no sin que antes los términos de la lucha cuerpo a cuerpo hubiesen sido corregidos por el caballero Beltrán de Duguesclín con aquella frase (probablemente nunca pronunciada) “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Pues en eso parece que seguimos, hasta que tengan que llegar los marines.

Juan Carlos Olarra

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