martes, noviembre 29, 2022

Martes de carnaval

Siempre que paso por el Paseo de Recoletos saludo con respeto la estatua, genial por cierto, de don Ramón María del Valle Inclán. Esta mañana he vuelto a hacerlo, y tras la cortesía al inconmensurable maestro del teatro español he pensado que de vivir el padre del Marqués de Bradomín encontraría argumentos suficientes para componer un nuevo Martes de Carnaval con algunos de los esperpentos que se dan hoy en la política nacional.

Don Ramón, el de las barbas de chivo, estaría sentado en el Café de la Montaña, en la Puerta del Sol, ojeando la prensa del día y le saltaría a la vista el primer tema para un esperpento: un imputado por cohecho es aclamado en Palma de Mallorca por sus correligionarios, después de haber sido confirmado como candidato a la presidencia de de la Generalitat valenciana. Paco Camps saluda desde el tercio, como los toreros en sus mejores tardes, pero renuncia a dar la vuelta al ruedo cuando Mariano Rajoy le dice: “Bueno ya hemos cumplido, ¿no?”.

Continúa Valle inmerso en la lectura y se empapa del escándalo de los ERE ilegales escanciados por la Junta de Andalucía entre amigotes, sindicalistas, paniaguados y criaturas sin derecho alguno. Y toma nota en su cuaderno de la perla del esperpento. El encargado de repartir las pensiones, Javier Guerrero, ha colado a su suegra en el Expediente de Regulación de Empleo de SOS Cuétara sin que la buena mujer hubiera pisado jamás la fábrica. Y el dramaturgo anota asimismo esta frase del repartidor de canonjías: “No podíamos estar al pairo de los caprichos del interventor”.

A vuelta de página, este hombre feo, católico y sentimental encuentra argumento para su tercer esperpento: Sortu, el nuevo brazo político de ETA, podría acudir a las elecciones municipales de mayo si el Tribunal Supremo no anula a tiempo su inscripción como partido político.

Las tres piezas ensartadas por quien con tanta pericia artística puso sobre las tablas Los cuernos de don Friolera, Las galas del difunto y La hija del capitán, compondrían el retablo de las maravillas de la España actual, al igual que aquel irrepetible Martes de Carnaval retrató en una trilogía alegórica los males que acuciaban al estamento militar desde primeros de siglo en una España en decadencia, triste y zaragatera, que vivía sus años más convulsos.

Tanto el partido del Gobierno como el de la oposición son merecedores de sendas piezas teatrales. Es difícil comprender en la sociedad actual, que nada tendría que ver con la que plasmó en sus esperpentos Don Ramón en 1930, semejantes situaciones que, de nos ser por su gravedad, llevarían a hilaridad al espectador.

¿Cómo se puede ovacionar a un candidato político que tarde o temprano se sentará en el banquillo de los acusados, sin que a los que aplauden se le llene la cara de vergüenza? ¿En qué cabeza cabe que el Gobierno andaluz se ande con paños calientes en un escándalo monumental que tiene su continuación en otro esperpento, el de los fondos de la Unión Europea para el fomento del empleo?

Dejaríamos para el final una nueva versión de Las galas del difunto, si bien con una masa coral de figurantes llorando por las novecientas víctimas mortales del terrorismo, mientras se discute si sus ejecutores o sus primos hermanos tienen o no derecho a presentar listas a los comicios municipales. Acaso este último libreto encajase mejor en las Comedias Bárbaras con el título que ni pintado de Romance de lobos.

 

 

Francisco Giménez-Alemán

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