viernes, diciembre 2, 2022

La revolución en Oriente Medio

Predispuestos para asumir el fin de la historia tras la caída del muro de Berlín, y sin que se hayan producido grandes transformaciones que explicaran un cambio de rumbo en la naturaleza política de las regiones, asistimos ahora con extraordinaria perplejidad a una rebelión en oriente medio y el norte de África. Una rebelión contra la autarquía, la tiranía arbitraria, la corrupción y la represión, la pobreza y el abuso de políticos convertidos en faraones incontestables.

Derribado el universo estalinista por la acción aterciopelada de un proceso de reformas y de una multitud social cansada, agotada, sin  más violencia que la de la determinación por poner patas arriba un orden social injusto, pensábamos que no había más sorpresas en la estructura de nuestro mundo. Pero la democratización real de la América Latina, colocando gobiernos de izquierda al frente de naciones que han avanzado económica y socialmente en unos pocos años por encima de cualquier estadística del siglo XX, nos desveló que el mundo es capaz de transformarse radicalmente de muchas formas y en todas partes.

Ahora, Túnez ha abierto el cajón de las sorpresas de oriente medio y del Magreb norteafricano. Todos los analistas hablan de una lógica del dominó, similar a aquella doctrina que advertía a los americanos del norte contra el incendio comunista en algún país, por muy del sudeste asiático que fuera, ya que éste luego se extendería sin control; teoría que, por cierto, condujo a Estados Unidos a su desastre vietnamita.

Túnez y Egipto, que a estas horas vive los momentos más dramáticos de un proceso revolucionario sin precedentes desde el fin de la Era colonial. La llegada de Al Baradei, y la explosión participativa de las clases populares reivindicando pan y libertad en dosis iguales parece vacunar a su sociedad contra la tentación islámica radical, que como ya se ha visto allí donde se ha producido solo conduce a la tiranía y a la pobreza de clase. Pero para que haya una garantía cierta de no caer en la barbarie fundamentalista es precisa una actitud de occidente consecuente con los valores que dice defender en sus propios territorios nacionales y dejar caer, si no ayudar a hacerlo, a los gobiernos tiránicos que ha apoyado con tanta diligencia contra el sentir de su pueblo.

Esta explosión democrática es la tercera revuelta tras el fin de la guerra fría, y es una pieza más en el nuevo rompecabezas de la geoestrategia moderna. Nada será como era cuando las cosas eran como tenían que ser según Yalta. Nada volverá a ser igual después de Túnez, que no es más que una nueva expresión de lo que fue Irán hace unos meses.

¿Qué estimula estos movimientos sociales espontáneos? Los estimula el hambre y el hartazgo de la pobreza a la que condena el autoritarismo, pero sobre todas las cosas su motor es el cambio generacional y la irrupción lenta pero constante de la nuevas dinámicas del mundo pos belicista tras los cuarenta años de guerra fría. En Irán encabezaron la revuelta las mujeres; en Túnez la burguesía, los intelectuales y los jóvenes, pero la gran masa social, en ambos casos, marcó el alcance real de la revolución. En Egipto ya es la sociedad en rebelión el sujeto que determina el proceso revolucionario. Dependerá de las próximas jornadas, de las ambiciones satisfechas y de la lógica internacional que no acabe en manos de un último refugio contra la miseria: el islamismo.

Porque se dan todas las condiciones para que se produzca una transformación que dé lugar a una nueva realidad, parecida a la que Brasil, por ejemplo, dibuja cada día desde que Lula accedió al poder.

Atentos al cambio porque, visto con perspectiva, asistimos a un  largo proceso histórico cuyo capitulo árabe está plagado de interés.

 

Rafael García Rico

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