viernes, diciembre 2, 2022

¿Han arreglado ya el alternador?

«Tenemos una avería en el alternador. ¿Cómo podemos pues volver a arrancar?» reflexionaba John Maynard Keynes en diciembre de 1930, comparando la economía estancada de la Gran Depresión con el alternador averiado de un coche. No hay que temer, escribió, el coche volverá a rodar, y «no tenemos que dar por sentado… que hay que tirar el motor».

Al comenzar 2011, muchos inversores actúan como si «la avería del alternador» de Keynes hubiera sido reparada. Las bolsas suben a medida que los inversores acusan el retorno de la «vitalidad», por utilizar otra de las gráficas metáforas de Keynes.

Las valoraciones de los analistas financieros son alcistas, inquietantemente si echamos la vista al pasado reciente. «Veremos notable actividad en las bolsas durante todo 2011», anuncia el grupo británico RBS. «Nos encontramos seguro en un mercado con buena salud», se muestra entusiasmado John Lekas, socio gestor de Leader Capital.

Pero ¿está reparado realmente el motor económico? Como habría destacado Keynes, en parte se trata de una cuestión de percepciones. Si los inversores piensan que las vacas gordas han vuelto y empiezan a invertir según esa esperanza, entonces se producirá un ciclo favorable: el crecimiento se acelerará, los fabricantes contratarán y construirán plantas nuevas; el paro caerá; el consumidor gastará más, y con el tiempo volveremos a la prosperidad real.

Así es como lo decía Keynes en su ensayo, titulado «La Gran Depresión de 1930». El bache económico, decía, fue «un poco exagerado probablemente por motivos psicológicos». La clave de una «recuperación real», explicaba, era el retorno de la confianza empresarial extendida, «parte a través de agentes de crédito que se abren a prestar según términos accesibles y a lo largo de un espectro geográfico más amplio, y parte gracias a prestatarios que recuperan su vitalidad y de esa forma se vuelven dispuestos a endeudarse».

El Gobernador de la Reserva Ben Bernanke es un alumno aventajado de la psicología keynesiana, lo que ayuda a aclarar su polémico experimento de estrategia monetaria conocido como «flexibilización cuantitativa». Su objetivo era cambiar las percepciones de los inversores, y de esa forma alterar la realidad subyacente.

Al adquirir 600.000 millones de dólares en títulos de deuda pública el pasado otoño (e inundar así la economía de liquidez fresca), Bernanke esperaba abaratar tanto el dinero, y rebajar tanto la rentabilidad de la renta fija, que a los inversores les fuera imposible resistirse a la tentación de hacer compras. A medida que los mercados subieran, esperaba él, veríamos el ciclo alcista de la inversión y la creación de empleo.

Hasta el momento, Bernanke merece buenas notas por jugar al juego de la confianza. «A pesar de toda la consternación despertada por la flexibilización cuantitativa, fue una maniobra muy astuta, suponiendo que su estrategia de salida más tarde funcione», dice David Smick, un analista de la Reserva autor del profético libro «El mundo es curvo».

Desde la perspectiva de la Reserva, esto es lo sucedido desde que Bernanke anunciara el pasado agosto el programa de compra de títulos de deuda pública: El índice S&P 500 de valores creció un 20%; el índice Russell 2000 supera la cota del 30%; la volatilidad del mercado, medida por el índice VIX, va perdiendo alrededor del 30%.

Más allá de estos baremos financieros, hay indicios de mejora en la economía real. La Asociación Nacional de Gestión de la Demanda ISM informaba el lunes de que su índice de actividad industrial registró crecimiento en diciembre por decimoséptimo mes consecutivo. La venta de automóviles entre otros bienes de consumo viene elevándose. Y el sistema bancario por último parece haberse estabilizado.

He aquí un ejemplo llamativo de la forma en que el sistema está cicatrizado sus heridas. Según el Banco de Compensación Internacional, el volumen de títulos de crédito de deuda convertible -el instrumento de riesgo que ayudó a agravar la crisis- ha descendido prácticamente a la mitad desde su apogeo de 60 billones de dólares en 2007.

¿Qué podría salir mal en esta imagen idílica? Teniendo en cuenta que se compone de esperanzas en el futuro, casi todo: La economía sigue estando frágil y vulnerable a otro altibajo. Esa es la razón de que Bernanke no haya descartado la compra de aún más títulos de deuda del Tesoro (esto es, mantener en marcha la prensa del dinero un poco más), y de que crea que el Congreso deba promulgar medidas fiscales pro-crecimiento para complementar la política monetaria de la Reserva.

La muestra más alentadora de que el motor económico está realmente arreglado sería un plan conjunto entre la Casa Blanca y los Republicanos del Congreso para ajustar el déficit presupuestario federal a los próximos 10 años. Los elementos de un programa de recuperación a largo plazo así son claros: reforma y simplificación del régimen fiscal; recortes drásticos de los programas sociales; reducción del gasto militar para plasmar un clima estratégico cambiante. Hay apoyo bipartidista, en principio, a tales maniobras, pero ¿en la práctica?

Keynes lo expresó bien al final de su ensayo de 1930. Él explica que los líderes políticos, «de intereses afines y actuando juntos, pueden volver a arrancar el motor en un plazo razonable de tiempo; siempre, es decir, que sean activados por la convicción confiada de lo que iba mal».

David Ignatius

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