martes, febrero 7, 2023

El «debate» republicano es un grupo coral de afines

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Para evitar hablar de lo evidente, nadie como los Republicanos.

El debate la tarde del lunes entre los candidatos al puesto de secretario del Comité Nacional Republicano se preveía de manera generalizada que fuera un festival de críticas a la secretaría cómica con frecuencia de Michael Steele. En ese sentido, el propio Steele no decepcionó: Cuando se pidió a los candidatos que dieran el nombre de sus libros favoritos, Steele respondió «Guerra y Paz» y a continuación recitó una línea – «Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos», que viene a ser más o menos la oración de introducción de «Historia de dos ciudades».

Pero los cuatro aspirantes que esperan desbancar a Steele este mes no se inclinaron por hacer hincapié en sus patinazos, sus deudas, sus limusinas ni sus aviones privados, ni tan siquiera en aquel acto del Comité Nacional Republicano celebrado en un club de sadomasoquismo. Las contadas críticas dirigidas al secretario, y los dos moderadores, el conservador periodista Tucker Carlson y el cruzado de la política fiscal Grover Norquist, no suscitaron casi ninguna.

El debate terminó siendo en cambio una cadena de pruebas de fuego de la lealtad Republicana — y en el proceso los participantes documentaron algo mucho más interesante que el matizado mandato de Steele. Ilustraron lo ideológicamente homogéneo que se ha vuelto el partido.

Había dos mujeres blancas, dos hombres blancos y un titular afroamericano en la palestra, pero ni rastro de diversidad ideológica.

Como debate, tuvo casi el mismo éxito que lo que duró Carlson en «Más que baile». Como indicador ideológico, fue extraordinario.

Norquist y Carlson, ejerciendo de cardenales de la Congregación de la Doctrina de la Fe, llevaron a cabo una larga serie de exámenes de fidelidad a la ortodoxia, y los candidatos carecían de disidencia casi por completo. ¿Aborto? En contra todos. ¿Impuestos más bajos? Todos a favor. ¿Matrimonio homosexual? En contra todos. ¿Recorte del gasto público? Todos a favor.

Norquist preguntó a cada candidato si apoyaría añadir un «juramento de unidad al partido» al reglamento del Partido Republicano, como si hiciera falta más unanimidad. Cinco respuestas «sí» se producían en rápida sucesión.

De igual forma se atropellaban por responder en positivo cuando se les preguntó si Sarah Palin podía ganar las generales. Lo mismo pasó cuando se preguntó a los candidatos quién debía votar en las primarias Republicanas; los cinco dijeron que habría que dar puerta a los Demócratas y los independientes.

Los republicanos han alcanzado, en este debate, el extremo lógico de la política de ortodoxia: Todo el mundo en el estrado estaba de acuerdo en todo. La dirección Republicana había sido totalmente pulida, limpiada y esterilizada por el movimiento fiscal, al que los candidatos se esforzaban por mostrar su gratitud.

«No olvidemos», decía Ann Wagner, «al patriota y cívico movimiento fiscal gracias al que vivimos tales victorias en 2010».

«No estamos rivalizando con el movimiento conservador», aducía Reince Priebus. «Formamos parte de él».

Este levantamiento de la pequeña tienda del Partido Republicano tuvo el efecto de desviar la atención del mandato de Steele. Los rivales de Steele abrieron sus intervenciones con algunas críticas indirectas al secretario, diciendo que la Convención Nacional Republicana «ha perdido toda su credibilidad» (Wagner), tiene «una de las mayores deudas que hemos tenido nunca» (Saúl Anuzis), y tiene que «reconstruir» (María Cino) y «restaurar la confianza y la seguridad de nuestros principales donantes» (Priebus).

Steele apoyó una mano en su barbilla, se cruzó de brazos, entrelazó los dedos, dirigió la mirada a la mesa y por fin ofreció su opinión: «Soy un tipo más bien optimista. No veo la crisis como muchos».

Sus rivales le dejaron salir más o menos indemne de eso. Invitado a criticar la iniciativa electoral de Steele, Priebus respondía: «No me importa remitirme al pasado».

Tal vez la falta de atención a Steele se debía a que conservar su puesto, en palabras del Político, es «completamente imposible». Así que en vez de ganchos acerca de la decoración del gabinete del secretario que puso Steele (pensó que era muy «masculino») o sus fórmulas desafortunadas («mover el pajarito… millonario del vertedero… indio honesto»), la audiencia del Club Nacional de Prensa escuchó 90 minutos de armonía y concordia.

Preguntado por los puntos de vista que llevarían a que alguien fuera expulsado del Partido Republicano, Wagner puso varios ejemplos, incluyendo ser partidario del aborto, partidario del matrimonio homosexual o contrario al derecho a llevar armas. Anuzis decía que un funcionario Republicano debía ser excomulgado si vota en contra de la opinión de la plataforma más de un 20% de las veces. «Si usted es proabortista, pro-estímulo, pro-rescates a GM y AIG», decía Priebus, «¿sabe qué? Puede que no sea Republicano».

El solitario susurro de una voz disidente en este extremo llegaba del titular secretario. «No podemos ser un partido que se apoye en exámenes de ortodoxia y vaya excluyendo», decía. Más tarde, Steele advertía: «Sí nos dormimos un poco en los laureles, y lo hacemos en exclusión y detrimento de los demás».

No es de extrañar que esté a punto de perder su puesto.

Dana Milbank

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