martes, diciembre 6, 2022

José Blanco, ministro de España

Al PSOE le molesta que a José Blanco lo llamen despectivamente Pepiño. Hacen bien. Quieren que dejen de hacerlo. Lo ha exigido Elena Valenciano, una comunicadora reputada que ejerce labores de dirección en la campaña electoral que se avecina, y que sabe, y mucho, de política internacional. El PSOE se ha quejado en más ocasiones de la falta de respeto que caracteriza las declaraciones de los portavoces del PP. Frecuentes han sido los insultos a María Teresa Fernández, a Leire Pajín – escandalosos- a Rubalcaba –hasta en el hemiciclo- y, por supuesto, al presidente del gobierno.

No es una cosa cualquiera este afán. Entronca con una visión de la política chusca y navajera, algo así como el patio de Telecinco a cualquier hora del día. Y tiene que ver con ese entusiasmo por cubrir de lodo la natural vehemencia que tiene que caracterizar el discurso político. Una cosa es la hipérbole y otra la amenaza, el insulto, la degradación gratuita. ¿Qué se gana llamando a José Blanco Pepiño? Nada, y si se gana algo, pues malo, malo, malísimo. Esos vicios conllevan exaltaciones que luego se atribuyen a incontrolados.

Sosiego. Hace falta sosiego. Los indicadores electorales, en el primer plano de la pantalla informática del PP, les anuncian alegrías para el año nuevo. ¿Por qué emponzoñar? A Pujol le jaleaban llamándolo enano e invitándolo a hablar castellano; luego, al necesitar sus votos, le señalaron su altura política y Aznar se transmutó en catalanoparlante en la intimidad. Un esperpento. Y además innecesario. La mesura en el uso del insulto debería servir para que la política tuviera más valor de cotización entre los afectos públicos de los españoles. Pero a lo peor eso no interesa: de perdidos al rio.

José Blanco es un ministro de España que no ha hecho nada que justifique un desprecio semejante por parte de un adversario -la caterva de fanáticos ya se apuntará a hacerlo, si no al tiempo-, ni merece un tratamiento tan poco educado por alguien que presume de ser el próximo presidente. ¿Le gusta a Rajoy excitar las pasiones más viles? Sorpresa, yo creía que no. Pero en fin, nunca se sabe.

Demonizar al adversario, cargarlo de desprecio es una práctica que recuerda a las técnicas goebelianas. Algunos ministros se inmolan cada vez que hablan, que usan la metáfora para explicarse o que se disponen a razonar algún asunto de enjundia con el envaramiento clásico de quien no sabe por dónde coger el toro. Otros políticos nos someten a exposiciones tan lamentables como recurrentes, con el vocabulario de la tribu, el lenguaje de la pandilla de la que forman parte. Son políticos asimilados, integrados en el Club de la élite y hablan su propio idioma, con sus líneas rojas, sus cuadernos azules, o esa otra expresión, tan horrorosa, de los pies en la pared cuando en realidad deberían ponérselos en la boca.

En el Club de Pons da puntos, además, insultar y agredir, menospreciar, degradar, ofender, al puro estilo del alcalde de Valladolid, el hombre fino y educado que pasea su talento por el barro de arrabal. Ahora, parece, entran nuevos jugadores: Rajoy habla, bueno se apunta al bombardeo de la ofensa, y el objetivo es José Blanco

¿A qué viene esta filfa chusca? Si todos pensábamos que la exclusiva la tenía Pons. Hace mal Rajoy: debería elevarse. Intentar llegar a la altura del compromiso cívico, el talante democrático, la entrega etica que caracteriza la larga militancia política y social, socialista, de, por ejemplo, José Blanco, ministro de España. Alguien que merece tanto respeto como el que más. Faltaría.

Rafael García Rico

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