lunes, febrero 6, 2023

La próxima jugada de Obama

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Los principales logros de la legislatura saliente del Congreso son sombras de lo que podrían haber sido. El Presidente Obama dio algo a cambio. Para garantizar un segundo estímulo, aceptó los métodos económicos Republicanos. Para tramitar el tratado New START, Obama dio garantías a los senadores Republicanos en materia de modernización nuclear y defensa balística. Compare esto con la reforma sanitaria, impuesta a través de maniobras monopartidistas que dejaron un regusto a fundamentalismo ideológico.

El sistema político estadounidense, al parecer, no estaba averiado, solamente fue mal utilizado durante casi dos años.

Pero la legislatura saliente también fue un aperitivo de los conflictos por producirse. La derrota del anteproyecto de gasto generalista, una declaración billonaria de impermeabilidad legislativa al sentir de la opinión pública jalonada de partidas presupuestarias, fue precisamente el tipo de lucha que los Republicanos están impacientes por repetir al precio que sea.

Lo que deja a un Presidente Obama de vacaciones con su mayor duda estratégica desde que eligiera seguir la vía de la reforma sanitaria a cualquier precio. En su discurso del Estado de la Nación, hará una primera incursión en el mensaje económico que lleva a la reelección o la derrota.

Parte de ese mensaje es predecible. Es probable que Obama proponga un límite al gasto público en varios ejercicios o la congelación del gasto administrativo independiente de la defensa. Pero cuando hablamos de recortes no hay forma de poder superar a los Republicanos. También es probable que el presidente suscriba reformas presupuestarias como la prohibición de las partidas extraordinarias.

Todo esto será útil; nada de ello va a ser decisivo. Sólo dos propuestas actualmente a debate remodelarían el debate económico estadounidense en la misma medida que la imagen pública del presidente: la reforma del régimen fiscal o la reforma de lo social. Las dos son necesarias, difíciles y políticamente engañosas.

La reforma drástica del régimen fiscal parece el enfoque más fácil. No lo es. La mayoría de los planes serios, incluyendo las opciones planteadas por la comisión de deuda del presidente, ampliarían la base impositiva, consolidarían y rebajarían los tipos y eliminarían la mayor parte de las deducciones y exenciones fiscales. Pero hasta la reforma tributaria inocua para la recaudación genera un complejo sistema de ganadores y perdedores. Sobre todo si la deducción por interés de la hipoteca, las deducciones por donación y la deducción fiscal por hijo se modifican o eliminan, los perdedores sabrán inmediatamente quiénes son. Los ganadores deben ser convencidos de beneficios abstractos y futuros.

Los Republicanos lo tendrán fácil criticando una subida tributaria mal disfrazada a millones de estadounidenses. Ello parecerá otra extralimitación de Obama que altera de forma fundamental la economía de formas espantosas, confirmando la imagen que el presidente necesita cambiar desesperadamente.

La otra opción, la reforma de lo social, parece políticamente más peligrosa. En realidad es más prometedora.

Medicare es el principal cambio legislativo de este apartado, porque el creciente gasto sanitario es la principal causa de los insostenibles compromisos sociales. Pero la reforma de Medicare, asunto de acalorado debate ideológico, es una quimera política. Mientras que la seguridad social es un factor contribuyente de futuros déficits relativamente pequeño, reformarla será un importante símbolo, y un lugar lógico desde el que empezar.

Un miembro de la cúpula Republicana en la cámara me decía hace poco que la reforma bipartidista de la seguridad social se podría escribir «en el anverso de una servilleta», que es esencialmente lo que hizo la comisión de disciplina fiscal de Obama. Fijó un plan que recorta las prestaciones sociales a los afiliados de renta más alta, hace más progresiva la retención de las nóminas y eleva gradualmente la edad de jubilación (con la excepción adversa de los que practican trabajos físicamente exigentes).

El electorado de izquierdas de Obama replica que el fondo de la seguridad social no va a tener problemas inmediatos. Pero este argumento depende de un elaborado truco contable. El fondo no se respalda con activos, lingotes de oro o acciones de Apple. Se respalda con la deuda emitida por la administración y subastada a sí misma. El superávit del fondo es en realidad obligaciones para la administración en conjunto. Y estos superávit ilusorios se utilizan regularmente para subsidiar el resto de los presupuestos. El entramado empieza a derrumbarse en 2037, cuando la pensión prometida a los afiliados a la seguridad social desciende de la noche a la mañana una cuarta parte, a menos que el sistema se reforme.

Si Obama sigue la vía de la reforma de la seguridad social, los izquierdistas amenazan con un motín político grave, un riesgo genuino. Pero la necesidad política acuciante de Obama es pulir su imagen entre los independientes en materia de deuda y gasto públicos. Y esto no va a pasar siendo alérgico al riesgo.

La reestructuración de la deuda de la seguridad social no es la opción evidente para Obama, pero es la inteligente. Es factible. Ello sumaría a los líderes Republicanos a una empresa nacional constructiva. Tranquilizaría a los mercados globales de deuda mostrando que América sigue siendo capaz de gobernarse. Ello redundaría en un sistema sostenible más progresivo. Y serviría de demostración política dramática y oportuna: el presidente no es solamente capaz de ampliar el tamaño de la administración pública, sino de reformarla.

Michael Gerson

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