lunes, noviembre 28, 2022

Última muerte en Bagdad

El pasado julio murió una funcionaria española destinada en Irak. Su muerte pasó desapercibida. Las posibles causas, también. La familia de Teresa Esquivias, destinada por Exteriores como responsable de comunicaciones en la embajada española de Bagdad, está convencida de que su muerte llegó tres meses antes, cuando el 4 de abril sufrió un atentado con camión-bomba a 50 metros de la embajada.

Esa mañana, Esquivias no estaba sola. Compartía oficina con Antonio Gónzález Zavala, encargado de negocios para España. En una de sus cartas describe la dimensión del atentado: “La detonación me desplazó, mi cabeza tocó el ordenador, me quedé sorda y con taquicardia. En medio de un polvo que no se veía nada, oí que Antonio me llamaba. El cristal de su ventana, el ordenador, la impresora salió volando, él estaba en medio de una nube de polvo, nos abrazamos y hubo otra detonación. Las instalaciones que tanto ha costado levantar, están destruidas”.

Fallecieron tres vigilantes de la embajada alemana y ningún español. Las noticias dejaron sus titulares, “un atentado mortal en Bagdad destroza la embajada de España en el país”, donde se leían las declaraciones del propio Antonio González, “fue un gran susto, la onda expansiva entró por la ventana e hizo volar algunas cosas”.

Esquivias, a los tres meses, dejó un viudo y seis hijos. Una de ellas, Ainhona Caicedo, portavoz a la fuerza de esta familia numerosa, explica que su madre, tras el atentado, no volvió a ser la misma. Lo notaron en los días que pasó por Madrid y en sucesivos emails desde Bagdad. En la sintomatología; dolores de cabeza, mareos, naúseas, pérdida de oído. Dos días antes de morir, aquel mes de julio la temperatura en Bagdad rozaba los cincuenta grados, el primer diagnóstico fue un golpe de calor, el segundo, un aneurisma cerebral.

Desde entonces, la familia reconstruye como puede las últimas semanas de Esquivias. Informes, documentos, correos, los testimonios de quienes hablaron con Teresa, el atestado de los GEOS sobre la explosión, la intensidad real de la onda expansiva. Quieren demostrar que no fue una muerte natural, que en el impasse de tres meses hay un nexo directo entre la bomba y el fallecimiento. En definitiva, conseguir el fatídico rango de “víctimas del terrorismo”.

Exteriores e Interior reclama la burocracia de documentos necesaria que acredite “la explosión, el  malestar, la muerte”, como una cadena lógica de causas y efectos. Les piden papeles. Algunos, según la familia, los deberían tener las administraciones implicadas. Y no existen porque pudo no haberse activado el protocolo de rigor, los chequeos médicos o revisiones pertinentes a los trabajadores de la embajada con el fin de detectar el “síndrome de la onda expansiva”. Ni el servicio de emergencia de asistencia a las víctimas para asistir psicológicamente a los hijos de esta funcionaria con más de diez años de servicio en Ecuador, Sarajevo, Bratislava, Irak. Por no haber, no hubo repatriación oficial ni recibimiento del cuerpo. Hasta el funeral del pasado viernes lo pagó la familia. 

Es probable que, cuanto más eco tenga esta historia humana, antes actúen las autoridades, reaccionando al impacto mediático con más eficacia que en sus despachos. Y cuantos más documentos recabe la familia, más fácil será que no les den la espalda. Ambos frentes, no les corresponden.

Teresa Esquivias podría ser la última baja oficial de la guerra de Irak. Ya no hay tropas españolas, pero hay diplomáticos y funcionarios sobre un terreno tan hostil, que un día se levantan y vuela su oficina por los aires. Observar al ministerio tratar a la familia de una de sus trabajadoras con tal desconfianza, con ese “traigan ustedes los papeles, veremos si procede indemnizarles”, genera, por lo pronto, estupor y rechazo.

Pilar Velasco

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