viernes, diciembre 9, 2022

Sin novedad de Pyongyang

En septiembre de 1977 cinco periodistas europeos, enviados especiales de otros tantos rotativos del Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y España, visitamos durante diez días Corea del Sur, invitados por el Gobierno de Park Chung-hee, en una operación cosmética para lavar su pasado  golpista y cuando el país salía de la postración y abordaba una política de desarrollo económico que se ha puesto como modelo para otras naciones asiáticas. Tuvimos ocasión de ser recibidos por el propio Presidente Park, quien dos años después sería asesinado por el director del servicio de inteligencia (KCIA) “por ser un obstáculo para la democracia”.

Park, que hablaba un inglés macarrónico, se refirió en aquella entrevista a los extraordinarios avances de Corea del Sur y nos invitó a visitar los astilleros de Busan (o Pusan, fonéticamente), uno de los ocho que entonces operaban en el país y que en conjunto –Hyundai, Daewoo, Samsung, Kwangyang, STX…-  lo convertían en el mayor constructor naval del mundo, según el World Port Ranking. Pero al general Park lo que le interesaba de la prensa europea era colocarnos otro mensaje: el de la permanente tensión con Pyongyang, la capital norteña, cuyas amenazas sobre la población eran continuas y atosigantes, de suerte que a las nueve de la noche se declaraba el toque de queda y sólo podíamos desplazarnos por Seúl en los automóviles, con banderín desplegado, de las correspondientes legaciones diplomáticas. Yo me serví del de la Embajada de España.

La visita más interesante de aquel sugestivo viaje se produjo al día siguiente cuando logramos un permiso para ir a Panmujeom, enclave en la línea desmilitarizada del armisticio de 1953, desde donde se divisa el gigantesco monumento levantado por la República Popular Democrática de Corea al presidente eterno, gran líder y fundador de aquel régimen comunista-leninista, Kim Il Sung. Hoy se ha convertido el lugar, en el Paralelo 38, en obligada visita de turistas americanos; mas entonces era imposible ir hasta allí sin la compañía de soldados de la ONU.

El estrafalario espectáculo que ha ofrecido el Gobierno de Pyongyang con motivo de la entronización del heredero de la dinastía, el joven Kim Jong-un, de unos 27 años de edad, al tiempo que se conmemoraba el 65 aniversario del Partido de los Trabajadores con un apabullante desfile militar y demostración gimnástica de masas (200.000 participantes y 300.000 espectadores), indica muy a las claras que nada ha cambiado en Corea del Norte, por derecho propio el país más hermético del mundo, asolado por la hambruna a la cual se debe un millón de muertos desde la instauración del sistema que acabó hasta con la última brizna de libertad en esa mitad de la península asiática oriental. Ni las recientes iniciativas de aproximación ni los Juegos Olímpicos de Pekín han sido suficientes para que ambas naciones encontrasen el camino hacia la unificación. El armamento nuclear y las nuevas hostilidades en el mar del Japón nos devuelven al escenario de tensión y enemistad que pude palpar en los rostros de los guardias norcoreanos que en Panmujeon vigilaban nuestros movimientos cuando entramos en las casetas de madera donde en julio de 1953 el Comité de las Naciones Unidas, los voluntarios chinos y Corea del Norte firmaron un armisticio mil veces vulnerado por las tropas de la dinastía Kim.

La Presidencia tutelada del nuevo dictador, sometido al menos hasta la muerte de su padre, a la ortodoxia del régimen, no hace esperar novedades reseñables, pese a la apariencia de apertura que se ha querido dar a la ceremonia militar del domingo al retransmitirla por televisión. Lo poco que sabemos más sobre la vida en la ciudad de Pyongyang se lo debemos a las espléndidas informaciones de una gran periodista, Almudena Ariza, que ha conseguido entrar con las cámaras de TVE en el cerrado coto de aquella ignota urbe.

La pregunta que desde hace más de medio siglo -¿Qué tiene que pasar para que Corea del Norte se una al concierto de las naciones?- sigue hoy por hoy sin respuesta. El nuevo dictador Kim Il-un bien puede recurrir a la terminología castrense para decirle a su padre: Sin novedad en Pyongyang, mi general.

Francisco Giménez-Alemán

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