sábado, diciembre 10, 2022

Consejo retórico

La verdad es que el Gobierno facilita cada día la estrategia del PP de negarse a sus pretensiones. La Oposición le ha apoyado en algunas medidas fundamentales para combatir la crisis financiera y ampliar la protección social de quienes lo han perdido todo, pero también es cierto que, como decía ayer el presidente Rodríguez Zapatero, no lo ha hecho en aquellas otras que suponían, de inmediato, un coste en la opinión pública. Una parte de la causa de esta realidad está en el modo en que el PP huye, amparado en que la responsabilidad es del Gobierno, de anunciar iniciativas que pudieran tener un coste en ciertos sectores de votantes, pero no puede olvidarse que el presidente ha pedido una y otra vez algo que se parece más al apoyo incondicional que a la búsqueda de acuerdos, sean estos más o menos amplios, para las reformas, dolorosas o no, que precisa nuestra economía.

Rodríguez Zapatero, con la muletilla de la falta de compromiso del PP, pidió ayer, en la sesión de control, ayuda para la reforma de las pensiones, y Rajoy, insistiendo en su pregunta inicial, le recordó que, con la congelación de las pensiones –asunto que no le consultó ni pidió consenso- se había cargado los compromisos del Pacto de Toledo. Tiene razón en esto y en insistir que la medida unilateral, además, supone un ahorro más que limitado para las arcas públicas que bien podía haberse conseguido en otras partidas. El Gobierno tiene una sorprendente facilidad para cerrarse puertas, negar el concurso de los demás y, después, pedir árnica con la disculpa de que hay que arrimar el hombro. Sin embargo, visto no desde la perspectiva del PP y de sus intereses políticos, sino desde la de los ciudadanos,  (y específicamente de los hipotéticos votantes de la derecha), hay que añadir otra cuestión: ¿es mejor, para no contaminar al PP, que la reforma de las pensiones se lleve a cabo por el único impulso del Gobierno o, eventualmente, de apoyos minoritarios sustentados en contrapartidas que no hacen referencia al asunto? ¿O, por el contrario, sería conveniente que el PP configurara con su participación una reforma mejor y más estructurada?

Para que esto sea posible, hace falta, naturalmente, la voluntad de los dos grandes partidos. Uno, el PP, prefiere mantenerse al margen y ver como el PSOE se hunde. El otro, parece entender que si cede en una negociación seria, da todavía mayor sensación de desamparo y de haber abandonado sus huecas promesas del pasado. Por eso no presiona seriamente, sino con una retórica que cada vez convence menos, para que el PP se sume a un consenso real y efectivo. El PP, claro, lo aprovecha. Insisto: ¿pero aprovechan los ciudadanos esta situación? Es evidente que el PP no puede convertirse en el salvavidas de un Gobierno que no acierta, pero sí podría, quizá, reconducir el debate hacia propuestas mejoradas, alternativas, esperanzadoras para quienes puedan votarle, que tienen que ser más, si desea asegurar el triunfo, de los que le votaron.

Germán Yanke

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